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Paul D’Amato explica por qué y cómo los trabajadores tienen el poder necesario para acabar con el capitalismo.

LA CLASE obrera no es poderosa simplemente por ser la clase preponderante en la sociedad, sino por su peso económico. Esta verdad se refleja en la canción que antaño cantaban luchadores sindicales en los EEUU, Solidaridad pa’ siempre: “sin nuestros cerebros y músculos, ni un solo engranaje rodaría“.

Como individuos, los trabajadores son incapaces de parar la producción. Sin embargo, las condiciones de producción mismas promueven entre los obreros la necesidad de una acción colectiva para paralizar el proceso. Sin tal acción, el proceso productivo tiende a la disminución de los salarios y beneficios y a la aceleración de la producción por y a favor de los patrones. Como el revolucionario ruso Vladimir Lenin escribió:

Y así es en la realidad: las fábricas, la tierra de los terratenientes, las vías de trenes, etc., son todas como los engranajes en una máquina gigantesca–una maquinaria que extrae diversos productos, los procesa y los despacha a su destino.

Esta maquinaria es puesta en marcha por el trabajador que ara la tierra, extrae minerales, hace las mercancías en las fábricas, construye casas, trabaja en tiendas y vías de tren. Cuando los trabajadores se rehúsan a trabajar, la maquinaria entera amenaza con pararse. Cada huelga recuerda a los capitalistas que son los trabajadores los verdaderos amos y no ellos–los trabajadores quienes más y más fuertemente proclaman sus derechos.

Más aún, si una huelga recuerda a los capitalistas quiénes son los verdaderos amos, también enseña a los trabajadores la misma lección; transforma su conciencia. “La combinación del capital ha creado para esta masa una situación común, intereses comunes,” escribe Karl Marx. “Esta masa es ya, así, una clase en su oposición al capital, pero no una clase en sí misma, aún. En la lucha–de la cual hemos notado sólo unas pocas fases–esta masa se va uniendo, y se constituye en una clase en sí. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase”.

Una huelga da a los trabajadores confianza en sí mismos, mostrándoles que no están solos, sino que comparten una condición común de opresión contra la que pueden preparar una respuesta común. También les enseña cómo medir sus fuerzas ante los capitalistas; les enseña a como pelear, y cuando retroceder.

Finalmente, les enseña la verdadera naturaleza del Estado, que usa sus poderes policiales contra los huelguistas a favor de los patrones. Los trabajadores aprenden de primera mano que las leyes están hechas para los ricos, no para los pobres y los explotados.

Las huelgas enseñan solidaridad, la condición esencial para romper con las divisiones que existen entre los trabajadores–la raza, el sexo, la orientación sexual, el origen (inmigrante vs. “nativo”), etc. Mientras más la lucha de clases se desarrolla y se extiende, más los trabajadores se van dando cuenta de que pertenecen a una misma clase y que tienen intereses comunes, y más usan su poder no sólo para mejorar sus propias condiciones, sino para realizar una transformación completa de la sociedad, es decir, se vuelven más y más obreros socialistas.

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CUALQUIER IDEA de que los trabajadores pueden ser liberados sin su propia participación activa–por ejemplo, por minorías iluminadas actuando en su nombre–ignora que es sólo en la lucha, y a través de ella, que la conciencia cambia; que sólo en y a través las luchas masivas que las sociedades cambian.

Por definición, las revoluciones–esas ‘parteras’ de la historia–siempre han involucrado masas de gente en la formación de su propio destino. Eso es lo que Marx quiso decir cuando escribió que “la emancipación de la clase trabajadora debe ser la obra de la clase trabajadora”. Es por eso que Frederick Engels y él escribieron tan enfáticamente en 1879, respondiendo a intentos de convertir el movimiento socialista alemán en un partido de reformas liberales:

Por casi cuarenta años, hemos destacado la lucha de clases como la fuerza motriz inmediata de la historia, y en particular, la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado como la gran palanca de la revolución social moderna; es por ello imposible para nosotros cooperar con gente que quiere borrar la lucha de clases del movimiento.

Cuando se formó la Internacional [de los Trabajadores], formulamos claramente el grito de batalla: la emancipación de la clase trabajadora debe ser alcanzada por la clase trabajadora. No podemos entonces cooperar con gente que dice que los trabajadores están muy mal-educados como para emanciparse por sí mismos, y que primero deben ser liberados desde arriba por filántropos burgueses y pequeños burgueses.

Incluso una pequeña, pero bien emplazada huelga puede paralizar una compañía, o a una industria entera. Si una industria en particular es central a la economía de un país–por ejemplo, la industria petrolera en Arabia Saudita–una huelga en ese sector puede paralizar a la economía entera, y tener efectos que atraviesen sus fronteras. Durante la Revolución de Iran, a finales de los ’70, cuarenta mil trabajadores petroleros, paralizando la industria petrolera del país, jugaron un rol clave en tumbar el régimen autocrático del Shah.

Sencillamente, los trabajadores tienen en sus manos las palancas de la producción, y mientras más productivo se vuelva el capitalismo, mayor el poder potencial de la clase obrera porque la palanca que controla mueve una cantidad de poder productivo en aumento constante.

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LA POSICIÓN de los trabajadores en la sociedad es tal que cuando se mueven a la acción en grandes números, tienden a despertar a la sociedad entera. Sólo pensemos en la huelga general en el Mayo Francés de 1968, o el movimiento Solidarnosc–Solidaridad–en Polonia.

Su posición social como la clase básica de la sociedad, que alimenta y viste a todas las demás, la pone en una situación en que su lucha colectiva–en sí misma empujada por la naturaleza colectiva del mismo proceso productivo–tiene el potencial de proveer liderazgo a otras capas sociales y sectores oprimidos que buscan una alternativa.

Como el socialista norteamericano Hal Draper escribió:

Sólo el proletariado, por las condiciones de su existencia, incorpora un programa social apuntando a una alternativa al capitalismo.

Por más desesperación que pueda cargar el campesinado o la pequeña burguesía, estas clases no pueden liderar a la sociedad en una nueva dirección, no sólo por limitaciones psicológicas-sociales, sino porque no hay una solución social que corresponda efectivamente a los intereses de estas clases, que al mismo tiempo corresponda a los intereses de la sociedad en general, incluyendo la preservación del tejido social en tiempos de disolución y crisis.

La clase trabajadora, en contraste, siendo la base del sistema de clases, no puede dirigir sin apuntar objetivamente a un programa, incluso cuando conscientemente lo rechace. Este es la toma de responsabilidad sobre la sociedad por el pueblo democráticamente organizado, sin importar intereses privados; un programa que, concretizado, significa la abolición del capitalismo.

La clase obrera es la primera clase en la sociedad cuyos intereses revolucionarios no pueden resultar en la erección de un nuevo sistema de explotación. En las revoluciones burguesas, la disolución de las revoluciones feudales abrió camino a las relaciones capitalistas–una forma de explotación dio lugar a otra, y una forma de dominio por una minoría, a otra.

Al tomar control colectivo sobre los medios de producción, la clase trabajadora no se erige a sí misma como una nueva clase explotadora, sino que crea las condiciones para la abolición de divisiones de clases y la introducción de un sistema basado en la producción socializada.

Sin embargo, las huelgas no son suficientes para eliminar el capitalismo. Las huelgas masivas y las huelgas generales unen y organizan a la clase obrera, pueden poner de rodillas al capitalismo, pero no pueden en sí mismas guiarnos a una nueva sociedad.

Todas las grandes revoluciones obreras comenzaron con huelgas masivas, pero sólo pueden triunfar si desafían al poder–de una forma en que los paros, por si solos, no pueden hacerlo–en un combate decisivo por la dirección de la sociedad. Para eso, los trabajadores deben estar organizados políticamente, en un partido propio, y alistarse a pelear por el poder.

La clase trabajadora hoy existe en una escala mayor que nunca, a nivel mundial; en cambio, la riqueza del mundo se ha concentrado en un grado inimaginable en las manos de unas cuantas miles de firmas multi-billonarias, hasta el punto en que ciertos individuos poseen más riquezas que países enteros.

Porque los capitalistas son los dueños de los medios de producción, y porque compran la fuerza laboral, también pueden apropiarse del producto de ese trabajo. Los trabajadores no tienen control sobre el carácter y las condiciones de su trabajo. El reinado del capital sobre el trabajo bajo el capitalismo es el despotismo más completo, incluso en una supuesta democracia burguesa.

Bajo el capitalismo, los trabajadores son entonces enajenados, alienados, despojados, no sólo del fruto de su labor, sino también del proceso laboral mismo. Para el obrero, el trabajo sólo sirve para obtener medios para la subsistencia, no como un fin en sí mismo. Para el capitalista, el trabajo de otros no es más que un medio para obtener ganancias–el trabajo y el proceso laboral mismo están subordinados a la constante acumulación.

Todas las mejoras en productividad, bajo el capitalismo, no sirven para aligerar la carga del trabajador, o para reducir los horarios, sino que la intensifica. Los mecanismos para ahorrar trabajo sólo son medios para incrementar el grado de explotación laboral, medios para esclavizar aún más a los trabajadores a la máquina, a la línea de ensamblaje, y al reloj.

Un Marx maduro, escribiendo en Capital, lo puso de esta manera:

Todos los medios para el desarrollo de la producción…se vuelven medios de dominación y explotación de los productores; hacen del trabajador sólo un fragmento de hombre, lo degradan al nivel del apéndice de una máquina; destruyen el contenido actual de su trabajo hasta convertirlo en un tormento; lo despojan del potencial intelectual del proceso laboral en la misma proporción en que la ciencia es incorporada a éste como un poder independiente; deforman el proceso laboral a un despotismo, odioso por su mezquindad”.

Marx describe esto como la dominación del trabajo muerto, el capital, por sobre el trabajo vivo, el trabajador.

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Una sociedad socialista solo puede ser construida si los trabajadores, colectivamente, toman control de esa riqueza y planifican democráticamente su producción y distribución, para satisfacer necesidades humanas y no el provecho capitalista.
— Fragmento de “Nuestra Posición” de la ISO

POR TOMAR control de la riqueza del capitalismo, no nos referimos simplemente a la apropiación de las ganancias de los capitalistas, sino a la toma de la maquinaria entera de producción y distribución por los mismos trabajadores. Sólo a través de este control colectivo, tanto de la producción como de la distribución, podemos crear una nueva sociedad, reorganizada en un plan democrático.

El socialismo debe involucrar una toma activa de control por sobre los sitios de trabajo por los trabajadores, así como la formación de instituciones de lucha y control democráticamente electas, para poder socializar la producción y transformarla en la propiedad de todos y todas. Sin este componente, no sería posible revertir las retorcidas prioridades del capitalismo y reemplazarlas con las prioridades humanas del socialismo.

Al mismo tiempo, el socialismo no se reduce simplemente a grupos de trabajadores tomando cargo por sobre sus propios sitios de trabajo. La socialización, la puesta en orden de estos recursos para la sociedad entera, sólo puede tomar lugar en base a toda una sociedad. Por ende, la clase obrera debe hacerse cargo de los medios de producción como un todo y reorganizar la sociedad.

Sólo un movimiento masivo y democrático de la clase trabajadora, no simplemente una mejor idea de lo que el mundo debería ser, puede producir el socialismo. Sólo la clase obrera, por su posición especial en la sociedad, es capaz de crear un nuevo sistema social.

Todas las sociedades de clases que nos preceden se apoyaban en una clase oprimida o explotada que era responsable de producir no solamente sus propios medios de supervivencia sino también un excedente para la clase que la dominaba. Pero las condiciones de trabajo no le permitían a los oprimidos en estas sociedades unirse como un colectivo y conscientemente reformar su sociedad.

Los esclavos y los sirvientes podían rebelarse, incluso derrocar a un déspota odiado, pero no podían o no pudieron crear nuevas relaciones sociales. Como Hal Draper escribe, los campesinos y los peones del campo “vivían en grupos atomizados, en los que se enfatizaba la auto-suficiencia, la separación y valerse del esfuerzo propio; no vivían entre en un gentío y sometidos a presiones simultáneas en el calor de las luchas sociales como sí lo están los obreros”.

La clase trabajadora, bajo el capitalismo, justamente por haber sido arrejuntada en grandes ciudades, forzada a trabajar colectivamente y a trabajar en grandes establecimientos (fábricas, oficinas, hospitales, etc.), es la primera clase explotada capaz de percibir sus propias condiciones, y de unirse para transformarlas.

Como Draper también escribe, “los trabajadores aprenden a organizarse no por una inteligencia superior o por agitadores foráneos, sino por vía de los mismos capitalistas. Son organizados en la línea de ensamblaje, en cuadrillas de fábricas, en turnos, en grupos de trabajo, en la división laboral del capitalismo. El capitalismo no puede vivir sin ‘organizar’ a sus trabajadores, enseñándoles las virtudes del trabajo colectivo, y por ende, la virtud de la solidaridad”.

Por supuesto, el capitalismo también divide a los trabajadores forzándolos a competir el uno contra el otro en el mercado laboral; esta competencia provee a la clase dominante una base para promover la división en base al lenguaje, la raza, el sexo, etc. Pero el capitalismo también obliga a los trabajadores a unirse.

Como Engels escribe en su Principios del Comunismo, la industria moderna, “lanzando así a grandes masas en un solo sitio, le da a los proletarios (los que no poseen más que sus hijos) una consciencia de su propia fuerza”.

Y Marx escribe en su Pobreza de la Filosofía: “la industria a gran escala concentra en un solo sitio a una muchedumbre de personas que no se conocen las unas a las otras. La competencia divide sus intereses. Pero la conservación de sus salarios, este interés común que tienen contra los patrones, los une en un pensamiento común de resistencia – la combinación”.

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La clase obrera es la gran mayoría de la sociedad, y la clave para luchar por el socialismo.
— Fragmento de “Nuestra Posición” de la ISO

MARX Y Engels escribieron en el Manifiesto Comunista que “todos los movimientos históricos que nos precedieron fueron movimientos de minorías, o en el interés de minorías. El movimiento del proletariado es el movimiento independiente y auto-consciente de la gran mayoría, en el interés de la gran mayoría”.

En ese tiempo, esto no era verdad ni siquiera en Gran Bretaña, donde la revolución industrial comenzó. Los autores estaban proyectando hacia el futuro, sabiendo que el desarrollo del capitalismo rompería con las viejas formas de producción, reemplazándolas con relaciones sociales capitalistas dependientes en el trabajo asalariado.

En sociedades industrializadas como Estados Unidos y Alemania, los trabajadores–la gente que trabaja por un salario y tiene un control mínimo por sobre el proceso de trabajo–son la mayoría. En la mayoría de los países del mundo, masas de gentes han sido urbanizadas y viven arrejuntadas en ciudades.

El desarrollo del capitalismo ha continuamente desplazado a millones y millones de personas fuera del campo, conduciéndolas a las ciudades, un proceso que continúa hasta el sol de hoy. Sin embargo, el crecimiento de la producción capitalista no ha sido capaz de absorber a todos los que alguna vez trabajaron la tierra. El tremendo desarrollo de la productividad significa que a medida que el capitalismo crece, absorbe relativamente menos trabajadores. El resultado, es lo que Mike Davis ha llamado un “planeta de ciudades miseria”.

Aún en países donde la clase trabajadora no representa a la mayoría de la sociedad, sigue siendo la clase clave que debe liderar la lucha de todos los oprimidos y marginados para vencer al capitalismo, debido a su posición económica central. Tiene que agarrar entre sus manos el pescuezo del capital, porque su fuerza es la misma sangre de la que el capitalismo vive.

La clase trabajadora es también clave en la lucha por el socialismo porque las condiciones para su propia emancipación son la condición para el fin de las sociedades de clases de una vez por todas. Los trabajadores no pueden tomar control de la producción sino como un colectivo–no pueden dividir las fábricas y repartírselas, por ejemplo.

Como Marx y Engels lo ponen en el Manifiesto Comunista:

Todas las clases que en el pasado tuvieron las de ganar buscaron fortalecer su posición adquirida sometiendo a la sociedad entera a sus condiciones de apropiación. Los proletarios no pueden convertirse en los maestros de las fuerzas productivas de la sociedad, si no es aboliendo el medio de apropiación bajo el que viven, y por ende, todo modo de apropiación precedente. No tienen nada propio para asegurarse y fortalecer; su misión es destruir las seguridades y los seguros de la propiedad individual”.

Traducido por Alejandro Coriat

 

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