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Paul D’Amato explica lo que los socialistas dicen acerca de las fronteras.

“LOS TRABAJADORES no tienen país… Obreros del mundo, uníos”, escribieron Carlos Marx y Federico Engels en dos reconocidas frases del Manifiesto Comunista. Éstas constituyen el punto de partida de nuestro enfoque a la cuestión de la inmigración.

Los socialistas apoyamos el derecho de toda persona a desplazarse fuera de sus fronteras nacionales sin temor a la discriminación, y nos oponemos a todos los intentos por parte de los gobiernos para limitar y controlar ese movimiento, o al trato de los inmigrantes como ciudadanos de segunda o tercera clase (o no ciudadanos). Cualquier otra posición hace una burla de nuestro llamado a la solidaridad internacional de la clase obrera.

El intercambio capitalista ha creado un mercado mundial, y con ello ha roto toda barrera a la circulación del dinero y la inversión, dando al capital una relativa libertad para moverse por todo el mundo en busca de mayor rentabilidad. Pero, al mismo tiempo, el trabajador no tiene la misma libertad para desplazarse a través de las fronteras.

La historia de la migración humana bajo el capitalismo es una en donde la gente, huyendo de las dificultades y la pobreza en una región o país, se ve obligada a trasladarse a otro, donde es tratada como parias sociales, a pesar de que su trabajo es ávidamente explotado por los capitalistas de la nación que los ha recibido.

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ESTADOS UNIDOS ha siempre promovido el mito de un país que acoge a los pobres y oprimidos del mundo, en busca de una vida mejor. La realidad es muy diferente. Esta nación fue construida sobre el genocidio y el desplazamiento de los pueblos originarios, la esclavitud de los africanos y la explotación despiadada de los trabajadores inmigrantes.

Para la clase dominante estadounidense, la inmigración nunca ha sido una cuestión humanitaria, sino una cuestión de suministrar a su economía una mano de obra barata y abundante. La esclavitud proveyó la mano de obra de las plantaciones del sur; la servidumbre y, luego, la inmigración de “trabajadores libres” la proveyeron para el norte.

El “trabajo libre” proporcionado por los inmigrantes siempre ha sido restringido y controlado por diversos medios legales, con el fin de garantizar su desvalorización y flexibilidad. Los trabajadores inmigrantes pueden ser utilizados como mano de obra barata porque las leyes de inmigración imponen sobre ellos una condición de segunda clase.

Políticos y empleadores utilizan leyes anti-inmigrantes no para impedir la entrada de trabajadores inmigrantes, sino para controlar su trabajo. La amenaza de cárcel y deportación es efectiva para desalentar la organización de los trabajadores para luchar por mejores salarios y condiciones.

La lista de inmigrantes víctimas de discriminación en la historia de este país es larga: católicos, irlandeses, alemanes y suecos, judíos, italianos, europeos orientales, asiáticos, mexicanos y centroamericanos, musulmanes, y así sucesivamente hasta el día de hoy.

Los patrones de inmigración y exclusión a menudo siguen las necesidades de la industria; los trabajadores son bienvenidos en tiempos de auge, luego son usados como chivos expiatorios y deportados en tiempos de recesión.

Obreros chinos trabajaron por bajos salarios y sufrieron terribles condiciones en la construcción de los ferrocarriles del Oeste estadounidense, sólo para ser víctimas de persecución racista y de la Ley de Exclusión China de 1882, la que se mantuvo vigente por 60 años.

Así como el capitalismo yanqui se expandía a finales de los años 1900, Estados Unidos acogió a millones de inmigrantes de Europa meridional y oriental, hasta 1917, cuando la Ley de Exclusión Inmigratoria fue aprobada.

Durante la década de 1920, siendo alentados a venir y tomar trabajos ferroviarios y agrícolas, un millón de mexicanos que vinieron a este país luego fueron víctimas de deportaciones masivas una vez que la Gran Depresión de los años 1930 se asentó.

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EL SISTEMA capitalista obliga a los trabajadores a unirse para defender sus intereses, pero también los obliga a competir por puestos de trabajo. Esta competencia es la base sobre la cual la clase dominante crea animosidad entre los trabajadores de diferentes razas, regiones y naciones, y trata de amarrar a los trabajadores de “su” nación a la idea de que tienen un vínculo común con los explotadores.

Siempre que los empleadores puedan imponer salarios más bajos y un mayor número de horas y negar prestaciones básicas, lo harán. Una manera de conseguir esto es disponiendo al (relativamente hablando) mejor pagado trabajador nativo contra el mal pagado trabajador inmigrante. Como escribe el historiador Philip Foner, “con demasiada frecuencia, nuevos inmigrantes de todas las nacionalidades hicieron su primera entrada en la industria norteamericana como rompehuelgas”.

Escribiendo a finales de 1880, Federico Engels observó que la clase dominante gringa era maestra en poner a los obreros inmigrantes unos contra otros, y los nativos contra ellos. Como escribió en una carta a un colega estadounidense: “Vuestra burguesía sabe cómo poner una nacionalidad en contra de la otra: Judíos, italianos, bohemios, etc, en contra de alemanes e irlandeses, y cada uno contra el otro, de modo que la diferencia entre los estándares de vida de los trabajadores existe, creo, en Nueva York en una medida sin precedentes en otro lugar”.

Agregado a esto está la total indiferencia de una sociedad que ha crecido sobre una base puramente capitalista, sin ningún tipo de antecedentes feudales, hacia seres humanos que sucumben en la competencia: “Habrá mucho más, y más de lo que queremos, de estos condenados holandeses, irlandeses, italianos, húngaros y judíos”, y para colmo, con Juan Chino en el trasfondo, que supera con creces a todos en su capacidad de vivir de casi nada”.

También hay un componente político a la histeria anti-inmigrante. A comienzo del siglo 20, el racismo anti-inmigrante fue el azote contra la izquierda en el movimiento laboral; miles de inmigrantes radicales fueron arrestados y deportados durante las infames Redadas Palmer de 1919-1921. Durante la Segunda Guerra Mundial, los inmigrantes alemanes y japoneses fueron hostigados y discriminados. Más recientemente, inmigrantes árabes y musulmanes han enfrentado acoso y deportación como resultado de la xenofobia desatada después del 11 de septiembre del 2001.

Estas políticas, aunque dirigida a sectores de la clase obrera, abre la posibilidad para los opresores de utilizarlas más ampliamente. La función de tal discriminación es neutralizar a la izquierda, quienes promueven la solidaridad y la lucha contra la opresión, mediante la creación de un clima de odio, desconfianza y miedo.

Hoy, millones de inmigrantes indocumentados, que han puesto los engranajes de la industria y el comercio a rodar, enfrentan una de las más despiadadas y draconianas persecuciones en la historia de EE.UU. a manos de ICE y de la derecha.

El número de deportaciones por año nunca fue más alto que con Obama, y Trump se jacta de querer superarlo. Las familias están siendo destrozadas, decenas de miles encarcelados y muchos más deportados, todo por el “delito” de trabajar duro por salarios inferiores. Mientras tanto, los empleadores enfrentan poco más que una multa ocasional.

La única forma de superar las divisiones que el capital deliberadamente fomenta entre los trabajadores es avivando la solidaridad de todos los obreros y obreras, no importa su nacionalidad, raza o idioma. El lema “Nadie es ilegal” no es sólo un imperativo moral, sino que está basado en la idea de que mientras los trabajadores se dejen manosear y dividir, seguirán siendo débiles, víctimas de la explotación del capitalismo.

Algún trabajador nativo podrá pensar que la exclusión y la discriminación contra el trabajador inmigrante le beneficia. Pero la realidad es que cuando la patronal puede dañar una parte de la clase obrera, es más fácil hacer daño a la otra. Leyes anti-inmigrantes ayudan a los empleadores imponer sueldos bajos para todos los trabajadores.

El viejo lema de la IWW “una lesión contra uno es una lesión contra todos” también implica que la única forma que el movimiento obrero tiene para mejorar las condiciones de todos es mediante el mejoramiento de las condiciones de los más oprimidos y explotados.

Como el socialista Eugene Debs escribiera: “En esta actitud, no hay nada de sentimentalismo, sino simplemente una rígida adhesión a los principios fundamentales del movimiento proletario internacional. Si el socialismo internacional, el socialismo revolucionario, no se pone firme, valiente y consistentemente con toda la clase obrera, y con las masas explotadas y oprimidas en todas partes, entonces apoya a ninguna. Su pretensión es falsa y su profesión, un engaño y una trampa”.

Traducido por Orlando Sepúlveda

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