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Por Gustavo Montenegro

El ataque en la localidad de Charlottesville, Virginia, donde un militante supremacista blanco atropelló con su coche una manifestación antifascista, dejando un muerto y decenas de heridos, ha puesto al desnudo que la actividad política fascista es abiertamente apañada desde el Estado.
 
Es que el presidente Donald Trump declaró que repudiaba la violencia… “de todos los bandos”. Una especie de teoría de los dos demonios a la norteamericana.
 
Lo cierto es que lo que se produjo este fin de semana en Charlottesville fue una ocupación por parte de fuerzas fascistas, que se reunieron (bajo el lema “Unir a la derecha”) para repudiar el retiro de la estatua de un general confederado, es decir de los partidarios de la esclavitud durante la Guerra Civil norteamericana. “Decenas de milicianos armados con rifles de asalto, escopetas y cuchillos de caza”, tomaron el control de la ciudad bajo la mirada pasiva de la policía. El viernes por la noche, cientos de personas ingresaron en el campus de la Universidad de Virginia durante una marcha de antorchas al grito de “un pueblo, una nación, fin de la inmigración”, y “sangre y tierra”, un canto antisemita usado por los nazis (Word Socialist Web Site, 13/8). Ondearon banderas confederadas, esvásticas, imágenes del Ku Klux Klan (KKK), y carteles de campaña de Trump.
 
Las contramanifestaciones de repudio, entre las que figura la aludida al comienzo de esta nota, fueron atacadas y el gobernador demócrata de Virginia, Terry McAuliffe, dictó el estado de emergencia para impedirlas.
 
Conexiones
 
Los grupos presentes en el mítin son tributarios de la política de “América Primero” del gobierno. Allí estuvieron, además del KKK, los “Proud Boys” (partidarios de “restablecer un espíritu de chauvinismo occidental durante una era de globalismo y multiculturalismo”) y referentes de la llamada alt-right (derecha alternativa). En enero, la movilización de los estudiantes de la universidad de Berkeley, California, impidió un acto en la institución con Milo Yiannopoulos, hombre de Trump y exponente de dicha corriente. En su momento, la designación de Jeff Sessions como ministro de justicia despertó el repudio de las organizaciones que luchan por los derechos civiles por su persecución –en sus épocas como fiscal- contra defensores de la minoría negra y sus simpatías por el KKK. También cuando designó como asesor al (hoy depuesto) ex director de Breitbart News y connotado racista, Steve Bannon.
 
Por todo esto, no es correcto presentar la convención que tuvo lugar en Charlottesville como obra de grupos marginales. Su conexión con el Estado es profunda: lo demuestra la persistencia de símbolos confederados en el país, un tema que cobró repercusión luego de la masacre en una iglesia de Charleston en 2015, por parte de un militante supremacista. Entonces se supo que la bandera confederada ondeó en la casa de gobierno de Carolina del Sur hasta el año 2000. En los dos últimos años se han retirado 60 monumentos públicos de este tipo en el país (Democracy Now, 7/8). Ni hablemos del gatillo fácil policial que se ensaña con los negros y de la profunda desigualdad social a la que son sometidos.
 
Fuerza de choque
 
Los demócratas, con el alcalde de la ciudad y el gobernador de Virginia a la cabeza, salieron a atacar a Trump por sus declaraciones y sus vínculos con estos grupos. Buscan crear un dique de contención popular –aquí cabe inscribir también a Bernie Sanders- y atraer a su campo al activismo anti-Trump en función de un revival demócrata. Temen, asimismo, un desarrollo de la polarización social en el país. Un columnista del Washington Post (13/8) se alarma ante los hechos de Charlottesville: “Trump está jugando con fuego”.
 
Pero el Partido Demócrata es la fuerza política que desplegaba la Guardia Nacional ante las protestas contra el gatillo fácil (Ferguson), de la guerra en Siria, y que incluso llegó a criticar a Trump por ‘blando’ por su posición sobre Corea del Norte durante la campaña electoral (Hillary).
 
Los grupos fascistas que actuaron en Charlottesville fungen como fuerza de choque de un gobierno que desenvuelve un plan de guerra contra los explotados y que procura poner en pie un Estado policial y emprender una guerra económica internacional.
 
Por la defensa de los derechos democráticos y un frente único para derrotar los comandos fascistas. Por las reivindicaciones sociales de los trabajadores y por el desarrollo de una alternativa política de los trabajadores.
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