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Guillermo Almeyra

Tal como era previsible y muchos anunciamos, un nuevo fraude impone al PRI en el Estado de México. Hay que tener una fe ciega en el capitalismo y sus instituciones para creer que en 2018, si se llega a las elecciones presidenciales, el resultado sea diferente a lo que sucedió en 2006, 2012 y acaba de suceder ahora.

Los que teorizan sobre la conveniencia de escoger la vía supuestamente “realista” en vez de apostar todas sus fuerzas a la organización de la protesta nacional y las movilizaciones, están ayudando a preparar un estallido social incontrolable, sin dirección ni objetivos, que podría llevar a la oligarquía a instalar una dictadura militar.

Confiar en la limpieza de procesos electorales organizados por la oligarquía responsable de casi 200 mil entre muertos y desaparecidos, de la entrega al gran capital privado de los recursos del país, de la corrupción generalizada y la pobreza creciente, es votar de hecho por ese poder oligárquico. Es por lo menos ingenuo creer que se puede derrotar al bloque de partidos apañados desde el Estado con un pedazo de papel y con un equipo que recoge la gente y los métodos del PRI y del PRD.

En mi larga vida jamás vi matar un cerdo con un papelito…

 

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