Por Massimo Modonesi*

Vivimos tiempos de aceleración y profundización capitalista y, en ellos, también se desarrollan todas las contradicciones que le son propias. Sin embargo, de ellas no se desprende mecánicamente la emergencia de sujetos y movimientos anticapitalistas de masa. Aunque masas importantes de trabajadores y de otras clases subalternas resisten objetivamente a la explotación, el despojo y la depredación, los que se oponen conscientemente al capitalismo forman pequeños grupos. Minorías activas, a veces simplemente testimoniales, que se insertan, en el mejor de los casos, al interior de las luchas de resistencia que siguen dándose en todo el mundo y tratan de politizarlas y orientarlas hacia una mayor radicalidad. A veces su discurso y sus prácticas suenan fuera de lugar y anacrónicas, en otros casos contribuyen a movilizar, organizar, politizar y desenmascarar las distorsiones por medio de las cuales se empaqueta y se vende el capitalismo como el mejor mundo posible.

Entre luchas anticapitalistas objetivas e intentos de subjetivarlas políticamente, la coyuntura actual no parece dar la razón a este movimiento difuso ya que sigue imperando no solo la imposición violenta y el control social por medio los cuales se reproduce la lógica y el circulo de la ganancia, sino que el saldo de la batalla de los años 60-70 permitió una victoria de las derechas tan contundente que arraigó hondo en el terreno cultural. La máxima thatcheriana del TINA (there is no alternative) acompañaba la caída del muro y el derrumbe del bloque soviético, la disolución de un proyecto liberticida e ineficiente pero que había surgido de la voluntad de superar al capitalismo. Entre los escombros, pero también gracias al terrorismo contrainsurgente de los 60-70, se gestó la victoria y la contraofensiva del liberalismo. Una contraofensiva que implicó una restauración del capitalismo desregulado, que liberó el capital y apretó las cadenas de la explotación del trabajo. La magnitud de la derrota de los esfuerzos anticapitalistas de construir un mundo distinto -un mundo socialista, libre de explotación y guiado por el principio de satisfacción de las necesidades de todos- se mide no solo en la imposición sino en la capacidad hegemónica de consensuar el fin de la historia, el fin de la disputa histórica entre capitalismo y socialismo, el triunfo definitivo del principio de libre mercado. A pesar de los sobresaltos de varias oleadas de movimientos locales y globales, seguimos en esta etapa de la historia, no nos hemos todavía repuesto de la derrota epocal del fin del siglo XX. Parafraseando al dirigente chino Zhou Enlai a quien se le preguntó qué opinaba de la revolución francesa, podríamos contestar lo mismo: es demasiado pronto para evaluar su real alcance histórico.

Mientras tanto, siendo que la lucha sigue, aunque sea en forma de resistencia, valgan dos consideraciones puntuales que justifican la necesidad de sostener una perspectiva anticapitalista en el corto y en el mediano plazo.

La primera es que la lucha anticapitalista tiene sentido en el corto plazo ya que se inserta en las resistencias en curso, introduciendo algunos elementos indispensables de politización y radicalización, además de contar con un acervo de experiencias y tradiciones militantes que se han mantenido y, al mismo tiempo, renovado. El anticapitalismo es parte integrante de las luchas de nuestros días y una parte activa, dinámica, consistente y persistente. Esto no implica desconocer los límites de la acción de los anticapitalistas y los errores que se cometen a lo largo de este proceso. Aún con esta advertencia, desde la derrota, enfrascados en las resistencias, no podemos prescindir del anticapitalismo para proyectar el pesimismo, para frenar la barbarie que avanza.

La segunda es que el anticapitalismo mantiene viva la llama de la posibilidad de cambiar el mundo -llama utópica o fuego real que ya está operando el cambio a pequeña escala. Mientras se acumulen fuerzas, se construyan contrapoderes y prácticas de autodeterminación, se modifica la correlación de fuerzas y, real e hipotéticamente, se abre el horizonte de lo posible siendo que, aún en condiciones determinadas, siguen siendo los hombres y las mujeres los que hacen la historia y, frente a la barbarie, pueden enarbolar una alternativa emancipatoria, que la sigamos o no llamando socialismo.

massimomodonesi.net

Historiador y sociólogo; Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

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