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Por Nicolás Riu y Claudio Colombo

El 21 de enero de 1924 falleció Vladimir Ilich Ulianov “Lenin”, uno de los revolucionarios más destacados de la historia humana, líder indiscutido y teórico del Partido Bolchevique ruso, que condujo la toma del poder por parte de los soviets obreros junto a León Trotsky en las gloriosas jornadas del Octubre de 1917. 

Lenin decía en ese entonces: “Camaradas, trabajadores y campesinos, el momento del que tanto hemos hablado los bolcheviques, por fin ha llegado. ¿Qué significa la revolución de los trabajadores y los campesinos? Primero, que tendremos un gobierno soviético, nuestro propio órgano de poder en el cual la burguesía no tendrá lugar.”

“A partir de ahora comienza una nueva fase en la historia de Rusia. La tercera revolución rusa será la cumbre de la victoria socialista. Una de nuestras primeras tareas es poner fin de inmediato a esta guerra. Está claro para todos, que en la medida en que acabemos con esta guerra, que está sostenida por el presente sistema capitalista, el capital también será combatido”.

“Necesitamos la ayuda de movimientos mundiales de la clase trabajadora que ya están organizándose en Italia, Inglaterra y Alemania. La propuesta que nosotros hacemos a la democracia internacional para la paz inmediata, será recibida ardientemente por las masas proletarias del mundo.”

“Todos los tratados secretos deben ser publicados para fortalecer la confianza del proletariado. En Rusia un gran número de campesinos ha señalado que ya trabajó suficiente para el capitalismo. Ahora marcharemos con los trabajadores. Un decreto que ponga fin a la propiedad de la tierra fortalecerá la confianza de los trabajadores. Vamos a constituir un control genuino de los trabajadores sobre la producción.”

“La revolución que acaba de comenzar es evidencia de esto. Poseemos la fuerza de las masas organizadas capaces de superar todos los obstáculos y de conducir al proletariado a la revolución mundial. Ahora hay que construir un estado del proletariado en Rusia. ¡Larga vida a la revolución socialista del mundo!”

El poder obrero y popular, apoyado en los órganos de decisión democrática del movimiento de masas, los soviets, duró relativamente poco, ya que el capitalismo contó con una herramienta inédita que le permitió estrangular la revolución desde adentro: la burocracia stalinista, que no solo acabó con esta práctica la ex URSS, sino que aplastó la democracia de las bases en casi todo el mundo, debido al control que los falsos comunistas ejercieron en buena parte de los sindicatos en la mayor parte del planeta.

De esa manera, las revoluciones que estallaron en la post guerra tuvieron un límite enorme, ya que a la ausencia de una dirección bolchevique internacionalista consecuente se les agregó la falta de organismos democráticos, que fueron suplantados por los líderes “infalibles” o la verticalidad estricta de los ejércitos guerrilleros, como los de Mao y Fidel Castro.

Sin embargo, el proceso revolucionario que comenzó a explotar en Rusia y los estados del este europeo, que se extendió al resto de la clase trabajadora mundial, le pegó un golpe definitivo a la burocracia en los acontecimientos producidos durante fines de los 80 y principios de los 90, acabando con el reinado dictatorial del stalinismo y debilitando a la burocracia de conjunto.

Si bien esta “Revolución Política” no llegó a tiempo para recuperar la economía estatizada de los ex “Estados Obreros” y el imperialismo aprovechó la ausencia de una dirección revolucionaria verdadera para emprender una contraofensiva – mediante los gobiernos “neoliberales” – el proceso democrático llegó para quedarse y, luego del estallido de la crisis producido por la caída del Lehman Brothers y la explosión de la Primavera Árabe, las masas, que pasaron nuevamente a la ofensiva, volvieron a utilizar a las asambleas como su herramienta básica para la lucha sindical y política contra los planes de ajuste del capitalismo internacional.

Junto a las asambleas de base empezaron a aparecer, aunque todavía de manera incipiente, los organismos de carácter “soviético” mediante los cuales los trabajadores y el pueblo cuestionan el poder burgués, construyendo el propio. Así sucedió durante los primeros años de la revolución siria – con los consejos locales – y durante una buena parte de la “Revolución de Rojava”, con las asambleas populares.

Esta tendencia, que no responde a las aspiraciones subjetivas de la vanguardia  “iluminada”, sino que forma parte de un fenómeno objetivo que tiende a exacerbarse en la medida en que el capitalismo empuja a las masas a pelear para defender las conquistas más elementales, dará saltos de calidad en los próximos años.

Los revolucionarios y revolucionarias consecuentes – leninistas en su esencia – debemos asumir la existencia de este proceso, para aplicar las enseñanzas de nuestro gran maestro, peleando para que las asambleas populares, consejos obreros, coordinadoras o cómo se llamen, se extiendan, fortalezcan y, en definitiva, se hagan cargo del poder, haciendo como en la Rusia del 17, cuando la consigna leninista de “Todo el Poder a los Soviets” significó el paso más trascendental de la historia del ser humano.

Recordamos a Lenin tomando como propias sus enseñanzas, condensadas en su historia política y en infinidad de libros, escritos y declaraciones. Pero hoy, más que nunca, lo recordaremos asumiendo que no habrá Poder Obrero y Popular triunfante sin la construcción y el desarrollo del “Doble Poder” soviético, que por suerte para la revolución y desgracia para los capitalistas, está más vivo que nunca

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