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Kevyn Simon Delgado

Hace unos días el gobierno de los Estados Unidos, con el infame Donald Trump a la cabeza, desclasificó 2 mil 800 archivos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) relacionados con el magnicidio de John F. Kennedy, asesinado el 22 de noviembre de 1963, tema que sigue despertando interés en el país vecino por las no tan convincentes condiciones en las que se desarrolló la investigación del asesinato del trigésimo quinto presidente (que no por lo excepcional del evento, ya que cuatro presidentes han sido asesinados en funciones y nueve han sido objeto de atentados contra su vida, cifras que bien podrían poner en entredicho la supuesta seguridad y vida democrática de la superpotencia, ya ni se diga a su segunda enmienda que da derecho a poseer armas), cuya conclusión determinó que Lee Harvey Oswald actuó como un ‘asesino solitario’, asesinado a su vez dos días después del crimen en Dallas, Texas, a la vista de los medios de comunicación, cual reality show. Treinta y un años antes de Mario Aburto Martínez y el asesinato de Luis Donaldo Colosio, guardando las proporciones.

Entre los muy interesantes documentos se develaron varios cables de agentes de la CIA que vienen a confirmar lo que ya se había documentado desde el 2011 con la investigación de Jefferson Morley: tres ex presidentes de México tuvieron una función de informantes para la conocida institución de seguridad estadounidense. Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez. En la red de espionaje también se encontraban Fernando Gutiérrez Barrios y Miguel Nazar Haro, ex jefes de la Dirección Federal de Seguridad. Todos reclutados por el hombre de la CIA en México, Winston Scott, quien incluso asistía a las bodas de los hijos de los mandatarios mexicanos.

La CIA es la agencia secreta más famosa y temida del mundo, desde su creación tras la Segunda Guerra Mundial hasta la fecha, ha intervenido en cientos de golpes de Estado, magnicidios e intervenciones militares por todo el globo, siempre con la muy cuestionable justificación de proteger la seguridad de los Estados Unidos. Guatemala en 1954, Haití en 1959, Playa Girón en Cuba en 1961, Brasil en 1964, Uruguay en 1969, Bolivia en 1971, Chile en 1973, Argentina en 1976, Honduras en 1980, Panamá en 1989 y Perú en 1990, son unos ejemplos de la mano de la CIA en América Latina. Todo un legado de cenizas. ¿Sobre qué podrían informar los artífices del Estado autoritario y la guerra sucia en México a dicha central? ¿Hasta qué grado intervenía la CIA en México? ¿Cuál era la relación CIA-DFS? ¿Cómo se desenvolvió el juego de espías estadounidenses, cubanos, soviéticos y mexicanos en terrenos nacionales? Aquel archivo resulta indispensable para conocer a fondo el papel del gobierno de México durante la Guerra Fría, cuya subordinación a los Estados Unidos durante la era dorada del PRI es ahora un hecho innegable.

Llama la atención, eso sí, la cultura que sostienen en Estados Unidos en torno a la libre consulta de sus archivos (aunque claro, tampoco se nos olvide el caso Irán-Contra y el apoyo gubernamental a las organizaciones terroristas anti Revolución cubana y Revolución sandinista, de limitado acceso informativo), libertad que ya quisiéramos en México, cuyo fondo de la Dirección Federal de Seguridad se encuentra en franca censura desde hace varios años.

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