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Todos los lunes, miércoles y viernes, un grupo de hombres se reúne en la casa marcada con el número 4A de la calle Miguel de Cervantes Saavedra, colonia Moderna, en la delegación Benito Juárez; el motivo de los encuentros: luchar contra la violencia hacia las mujeres.
César es una de esas personas. Llegó a Movimiento de Hombres por Relaciones Equitativas y Sin Violencia (Mhoresvi) hace tres años, cuando su esposa lo dejó, cansada de sufrir violencia física, sexual, económica, verbal y emocional.

Durante 12 años, César se sintió el “rey” de la casa, imponía a su familia su voluntad mediante gritos, insultos y golpes. Su alcoholismo acrecentaba los problemas y hacía que terminaran peor.

“Era una persona impaciente, todo me molestaba, gritaba, manoteaba, era muy inseguro, tenía mucho miedo, me sentía solo. Los vacíos los llenaba con comida o con alcohol. No quería participar en las labores de la casas y si lo hacía era a regañadientes, pensaba que eso estaba reservado para la mujer, a pesar de que yo sabía hacer esas cosas. Viví mucho tiempo solo y sabía planchar, cocinar, atenderme, pero al casarme omití todo eso”, reconoce.

César llegó a Mhoresvi porque pensó que si su esposa notaba un cambio, regresaría; sin embargo, eso no ha ocurrido. A pesar del dolor que siente al no tener a su familia cerca ve su separación como una bendición. “A una semana de que nos separamos, fui a buscarla y a pedirle perdón, entonces ella, muy atinadamente, me dijo que no; y yo le agradezco el que me haya dicho eso. Veo mi separación como una bendición, si hubiera regresado con ella lo más probable es que hubiera continuado con la violencia, su abandono me hizo cambiar”. Cuando César habla sobre la violencia física que ejerció contra su ex pareja, baja la cabeza, dice sentirse apenado, sobre todo porque sus hijos, dos varones de 15 y 13 años, presenciaron las escenas de los golpes.

“Es difícil reconocer que uno está mal. Al participar en las sesiones me sentía avergonzado por lo que hice, me equivoqué, tuve muchos errores y aunque le he pedido perdón, hay un poco de rencor en ella, de desconfianza”. Pese a que César reconoce que ser violento no tiene justificación, dice que tuvo vivencias que pudieron haber acrecentado estas actitudes en él.

“Mis padres también se separaron por causa de la violencia. Y a raíz de eso mi mamá nos tuvo que dejar con mis abuelos en Puebla porque tenía que ponerse a trabajar. Yo no recuerdo que mi mamá fuera frecuentemente a vernos y eso me hizo llenarme de rencor, me hizo querer vengarme del abandono”.

Inicio de la lucha

Mhoresvi surgió hace nueve años, cuando el Colectivo de Hombres por Relaciones Igualitarias (Coriac), que también luchaba contra la violencia de género, dejó de funcionar por diversas razones.

Los usuarios de Coriac consideraron importante seguir la labor, por lo que eligieron como facilitadores, que son las personas encargadas de impartir las sesiones, a los usuarios que ya tenían más tiempo intentando acabar con su violencia.
“Uno de los requisitos es que los facilitadores hayan pasado por el proceso. Hemos tenido solicitudes de psicólogos o terapeutas que quieren impartir las sesiones, pero tienen que vivir el proceso desde adentro, nada de teorías en libros o poner casos hipotéticos, todo tiene que ser real”, dijo Jorge, quien se desempeña como facilitador desde hace varios años. A partir de ese momento, Mhoresvi comenzó su lucha por darse a conocer, por atraer a hombres violentos que quisieran cambiar. Ferias de la Sexualidad, eventos en escuelas y en las delegaciones, fueron usados para promoverse. Actualmente Movimiento de Hombres por Relaciones Equitativas y Sin Violencia atiende a 200 hombres al año.

El programa que utiliza Mhoresvi para concientizar a los hombres sobre la violencia machista y está dividido en tres etapas, de 24 sesiones cada una. La primera consiste en bajar el nivel de agresividad, posteriormente se revisa la historia de vida para tratar de comprender por qué existe ese comportamiento y la tercera es resignificar los papeles de hombres y mujeres en la sociedad y utilizar el diálogo para resolver las problemáticas que surjan.

Las sesiones son impartidas en un cuarto que se distingue por el olor a humedad y por los posters que cuelgan de las paredes, en donde se pueden leer frases como “Todos tenemos los mismos derechos” y “Luchemos juntos por la igualdad”. Los usuarios, hombres de los más diversos estratos sociales, profesiones y edades, llegan puntuales a las sesiones; se acomodan en las sillas que están colocadas alrededor del cuarto y frente a todos ellos, el facilitador comienza la reflexión con alguna frase; todos los usuarios pueden hacer uso de la palabra y contar alguna anécdota personal. Aquí está permitido llorar y desahogarse sin que nadie sea juzgado, ningún usuario puede criticar, o señalar a otro.

Mientras uno habla, varios se identifican con la situación vivida, se miran en el espejo de aquel que golpeó, gritó o agredió sexualmente a su mujer. Si los usuarios no quieren compartir su pensar, reflexionan en silencio.
Para que un usuario puede acceder al siguiente nivel, debe mostrar un cambio en su actitud y en su forma de pensar. Las evaluaciones son individuales y los hombres deben ser honestos consigo para poder identificar qué punto de los que se plantea en las sesiones les está causando problema y no les permite avanzar.

Ahora que César está en la tercera etapa del programa, quiere inculcarle a sus hijos que hombres y mujeres son iguales, que él fue un ignorante al no entenderlo, y como no quiere que algún día el matrimonio de ellos termine como el suyo, les está enseñando a realizar labores domésticas para que las vean como algo normal.
“Lavar los trastes, tender la cama, barrer y trapear, son obligaciones, tareas que las personas que viven en una casa deben hacer. Antes pensaba que realizarlas era una ayuda, pero no es una obligación porque yo también vivo ahí”.

“A los hombres nos da miedo dejar el poder”

Jorge también lucha por la equidad de género. Él llegó hace 12 años a Mhoresvi a petición de su esposa. “Me dijo ‘o dejas tu violencia o te vas de la casa'”. Para complacer a su mujer se integró al grupo, pero lo hizo pensando que él no era violento porque nunca la había golpeado, pero fue ahí donde se dio cuenta que existen otros tipos de violencia.
“En las sesiones escuché cosas que me empezaron a alertar, cosas que yo estaba seguro que no eran violencia. No había golpeado a mis hijos, pero pensaba que como yo era el papá y quería lo mejor para ellos, las cosas las tenían que hacer a mi modo aunque les doliera, porque era para su bien”. La voluntad y el amor hacia ti y tu familia son clave para cambiar y dejar atrás la violencia, afirma Jorge. “Es difícil dejar atrás 54 años de violencia, a veces vuelves a caer, pero ellos te dan la fuerza”.

César y Jorge coinciden en que el movimiento que impulsan no ha tenido mucho eco entre los hombres, porque éstos piensan que al reconocer la igualdad de género se van a volver “mandilones o maricones”. “A todos los hombres nos da miedo dejar el poder, dejar de ser como somos. Creemos que no somos violentos; que si le pego a mi mujer es porque ella me hace enojar, nos justificamos”, dijo Jorge. Aseguró que es posible acabar con la violencia de género ya que ésta es una conducta aprendida, por lo que sólo se necesita una resignificación de los papeles de hombres y mujeres en la cultura.
“Podemos cambiar porque la violencia la aprendimos cuando éramos pequeños. Cuando no se cumplen nuestras expectativas, cuando no se nos atiende, cuando alguien nos quiere quitar el poder es cuando empezamos a violentar y contra eso es con lo que luchamos”.

Si deseas conocer más sobre Mhoresvi los puedes contactar en
https://mhoresvi.wordpress.com/ (https://mhoresvi.wordpress.com/)

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