En algunos países el machismo es algo que se fomenta fuertemente desde la cuna. En Kenia, por caso, en algunas zonas las niñas directamente no van al colegio porque su “aprendizaje” está en casa: cuidar a sus hermanos, tener todo limpio y ordenado. Una escuela de vida para que la pequeña crezca y sepa todo lo que necesita para casarse cuanto antes y complacer a su esposo. Sin embargo, el predicador Alfred Analo intenta cambiar el eje. O más que eso: romperlo. Y lo hace a través de lo que él aprendió de joven: boxear. Plantado en el opuesto de la sociedad que integra, levantó una escuela de boxeo, donde las mujeres desde niñas aprenden el deporte, aunque en realidad es mucho más que eso: ganan en fortaleza mental para no sentirse inferiores a los hombres y crecer desde un lugar diferente.

En el gimnasio de Priest, como lo llaman, no sólo hay chicas, también hay varones. Y según la mirada del entrenador, el desafío no pasa por meter niñas en el gimnasio sino por juntarlas con los niños y lograr que, una vez compartiendo el mismo espacio de igualdad, haya un respecto sin diferencias de género. Incluso, hay algunas mujeres más grandes, que ya tienen un grado de práctica deportiva bastante avanzado, que dan clases a otros y otras recién ingresadas, y se encuentran de repente corrigiendo a un hombre sin que este deje de escucharla. “Cuando ese respeto se traslada también afuera del club, quiere decir que se está consiguiendo”, apunta Analo.

Aunque llegar a esto no fue para nada sencillo dado que muchos padres no aceptaban que sus hijas coincidieran bajo el mismo techo y con las mismas reglas con otros varones. “Luchamos para que podamos ser iguales. Un chico puede boxear y una chica también”, relata Sonko, una de las entrenadoras del gimnasio, compenetrada con el discurso de Priest para llevar adelante esta misión igualitaria de que las niñas y las mujeres lleven una vida digna, en comunidades seguras “y tengan control sobre su sexualidad”, dice el ideólogo de este proyecto.

El gimnasio es una especie de centro cívico en cuya fachada hay un eslogan claro: “No means no” (“no significa no”). El entrenamiento es gratuito e incluye, al terminar, una suerte de terapia grupal en la que las chicas tienen un espacio para poder contar sus problemas o participar de talleres sobre salud sexual y alimentación, buscando de este modo que el esfuerzo no quede sólo en el aprendizaje de una defensa personal. “Una niña de 10 años, por más que sepa boxear, seguirá viviendo sin nada que hacer. Lo importante es demostrarle que no sólo puede boxear como los varones sino también que puede ir a la escuela y estudiar como ellos”, sintetiza Priest.

Un documental relata la intimidad del cambio

El documental Boxgirls, del leonés Jaime Murciego, refleja la historia de un grupo de chicas que instaló el cambio a través del deporte en el gimnasio de Priest Analo, luego de muchos años de ver desde la ventana cómo sus hermanos se iban a la escuela mientras ellas se resignaban. Ahora salen a correr por unos caminos en los que no hay diferencias entre una calle y una ruta: en invierno están embarrados y en verano son pura sequía. “La llegada fue complicada, el sitio impresiona bastante”, explica Murciego, director y guionista de Boxgirls. Y revela que estuvo a punto de cancelar todo luego de la primera noche: “De repente me vi solo, en un barrio muy difícil, y pensé que se me había ido de las manos. Era el único blanco, llamaba mucho la atención… Yo estuve en barrios duros de Sudamérica, pero esto era superior a todo lo que me había imaginado”.

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