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Eric London

Según un estudio publicado el miércoles por el centro de pensamiento Institute for Policy Studies (IPS), los tres estadounidenses más pudientes —Jeff Bezos, Bill Gates y Warren Buffet— controlan ahora más riqueza que la mitad más pobre de la población del país, alrededor de 160 millones de personas.

Las “60 familias”, cuya inmensa riqueza fue documentada por el periodista Ferdinand Lundberg en 1937, han sido reemplazadas por tan sólo tres multimillonarios que acumulan en conjunto $264 000 millones.

El reporte, titulado “La bonanza de los multimillonarios: los 400 de Forbes y el resto de nosotros”, devela que 25 estadounidenses son más ricos que el 56 por ciento inferior de Estados Unidos. El patrimonio neto de los 400 multimillonarios más ricos es aproximadamente igual al de las dos terceras partes al fondo, 200 millones de personas. Los autores del estudio concluyen que EUA se ha convertido en “una aristocracia hereditaria de riqueza y poder”.

Esta concentración de riqueza sin precedentes es un fenómeno internacional. En junio del 2017, la agencia Oxfam reportó que los 5 multimillonarios más ricos del mundo controlan tanto como la mitad de la población global, en comparación con 80 personas en el 2015. En la actualidad, cada una de esas 5 personas controla en promedio lo mismo que tienen 750 millones de personas, más que toda la población de América Latina y el doble de la población de EUA.

Participación por decil en la riqueza nacional, 2016. Crédito: People’s Policy Project

El reporte del IPS explica que los datos estadounidenses “subestiman nuestros niveles actuales de concentración de la riqueza” ya que “el uso cada vez mayor de paraísos fiscales y fondos de financiamiento legales ha hecho que el encubrimiento de activos sea más frecuente que antes”. Un informe publicado este año por Alstadsaeter, Johannesen y Zucman, titulado “¿Quién controla la riqueza de los paraísos fiscales?”, estima que los superricos del mundo tienen entre $5,7 y $32 billones escondidos para no pagar impuestos ni ser registrados en análisis estadísticos como los mencionados.

Mientras que los superricos se encuentran en control de las cumbres de mando de la economía, el 90 por ciento inferior encara dificultades y crisis que varían sólo en términos de su inmediatez. El documento del IPS mide la riqueza neta de las familias obreras restando el valor de sus bienes durables como automóviles, electrodomésticos y muebles. Según sus estimados, más del 19 por ciento de los hogares en EUA, alrededor de 60 millones de personas, tienen “un patrimonio neto de cero o negativo” tras sustraer los bienes durables.

Más allá del 20 por ciento más pobre, explica el estudio, “incluso aquellas familias de renta mediana y baja que tienen cierta riqueza frecuentemente no tienen activos líquidos —efectivo o ahorros— a su disposición. Más del 60 por ciento de los estadounidenses reporta no tener suficientes ahorros para cubrir una emergencia de $500 dólares.

Promedio por grupo etario de las cuentas de ahorros de jubilación de las familias en EUA en el 2007, 2013 y el porcentaje por el que cayeron. Fuente: Economic Policy Institute

Incluso por encima de los 200 millones de personas que no tienen ahorros, las condiciones para los percentiles 60 a 90 son similarmente difíciles. El grueso del patrimonio neto de esta sección de la clase obrera se encuentra en la forma de sus viviendas, y cuando se resta esto, la mayoría no tienen suficiente ni siquiera para sobrevivir más allá de algunos años en el retiro. Un estudio reciente del Economic Policy Institute, basado en datos del censo, las cuentas de ahorros de jubilación han colapsado durante los últimos años para todos los grupos etarios.

El reporte del IPS, por su parte, utiliza datos de la Encuesta de Finanzas del Consumidor recopilado por la Reserva Federal estadounidense. El World Socialist Web Site analizó estos datos en detalle el mes pasado. Mientras que los superricos han acumulado cantidades impactantes de riqueza, una capa más amplia que consiste en el 10 por ciento en la cima también se ha enriquecido enormemente en años recientes, a costas de las masas trabajadoras. Este 10 por ciento pudiente en EUA, el cual conforma la base social de apoyo para la política de genero e identidad, controla el 77,1 por ciento de la riqueza total en el país, mientras que las tres cuartas partes más pobres de la población acumulan sólo el 10 por ciento.

Esta explosión de la desigualdad social no es un proceso accidental. Es el producto de una campaña por décadas avanzada tanto por el Partido Demócrata como el Republicano para transferir billones de dólares de la clase obrera para rellenar los bolsillos de los ricos. Los “logros” de las últimas cuatro décadas que ostentan ambos partidos consisten en toda una letanía de rebajas de impuestos para los ricos, recortes sociales, la desindustrialización de sectores enteros en el medio del país, la evisceración de las regulaciones corporativas y el gasto de billones de dólares en guerras imperialistas, espionaje estatal y en la deportación y encarcelación de masas de la población.

A raíz del rescate financiero de Wall Street del 2008-2009, la reestructuración de la industria automotriz en el 2009 y la bancarrota de Detroit en el 2013-2014, el Gobierno de Obama marca un hito en esta prolongada contrarrevolución social. Con la ayuda de la Administración demócrata, la élite gobernante pudo lucrar de la crisis financiera.

El resultado es que Estados Unidos es ahora una oligarquía. Mediante su inmensa riqueza y control de las principales corporaciones, los superricos han establecido un dominio total de las instituciones oficiales del poder, sean políticas, culturales o intelectuales.

Las cortes, el Congreso y el presidente no sólo operan en nombre de los intereses que compiten dentro de la aristocracia, sino que dichos puestos son ocupados cada vez más por millonarios y multimillonarios, un hecho reflejado más directamente por Donald Trump. Más allá, el ejército libra guerras permanentes alrededor del mundo para proteger sus ganancias corporativas. La prensa convencional no es más que un brazo de propaganda oficial de la oligarquía estadounidense. Los sindicatos, en su forma sórdida y corrupta, son entes comprados por las corporaciones para vigilar a los trabajadores y suprimir la oposición.

Las obsesiones y preocupaciones de esta casta privilegiada son completamente ajenas a las dificultades del 90 por ciento inferior. Los costos de los servicios de salud se han disparado; miles de familias inmigrantes son separadas cada semana por deportaciones; cerca de 100 personas mueren cada día debido al abuso de opioides; las deudas estudiantiles están aplastando a toda una generación; millones de vidas siguen devastadas por las inundaciones, los incendios y los huracanes; estados enteros se han quedado sin clínicas para mujeres; un veterano de suicida cada 80 minutos…

El Congreso no ha organizado ninguna audiencia para discutir estas problemáticas. Su calendario ha quedado lleno con audiencias sobre la presunta injerencia rusa en la política estadounidense y sobre la necesidad imponer su voluntad en las redes sociales y empresas tecnológicas por medio la censura de las fuentes mediáticas de oposición a los grupos de poder. Los demócratas y los republicanos están dedicándose día y noche a alcanzar un acuerdo para transferir billones a los ricos y las corporaciones por medio de un recorte fiscal para ellos. El jueves, los senadores republicanos anunciaron su versión para un proyecto de ley.

El crecimiento astronómico de la desigualdad y la ausencia de mecanismos institucionales para que la población pueda resolver las condiciones sociales críticas bajo las que viven presagian una explosión histórica de la lucha de clases. Es inevitable que tengan lugar huelgas y protestas con decenas de millones de trabajadores y jóvenes; sin embargo, tienen que ser guiadas por un programa socialista.

La riqueza de los multimillonarios debe ser expropiada y redistribuida para las personas necesitadas. Los obreros tienen que tomar el control de estas corporaciones, las cuales les generan tanta riqueza a estas élites, y administrarlas democráticamente para atender las necesidades públicas y no las riquezas privadas.

Empresas como Amazon de Jeff Bezos pueden ser utilizadas para entregar medicinas, comida, agua y equipos de construcción a las zonas afectadas por desastres y empobrecidas. El desarrollo de programas de Microsoft de Bill Gates podría ser empleado para introducir un grado de planeamiento social sin precedentes en la economía global, permitiendo que la producción sea controlada de forma que se elimine la escasez de todos los recursos básicos y se revierta el deterioro ambiental. Todas las industrias pueden ser redirigidas para servir los intereses de la raza humana.

A través de todas las industrias y países, los trabajadores bajo el socialismo se unirán en sus fábricas, talleres y oficinas para planear el camino hacia la transformación de las fuerzas productivas en medios para establecer la igualdad y el progreso. Sin embargo, la burguesía no entregará sus riquezas voluntariamente.

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