Por Bill Van Auken

Cambiando drásticamente el rumbo de siete décadas de política estadounidense hacia el Medio Oriente, el presidente Donald Trump dio un discurso el miércoles en la Casa Blanca en el que reconocía a Jerusalén como la capital de Israel y prometía que los EUA empezarían preparativos para mudar su embajada allí desde Tel Aviv, pasando a ser el primer país del mundo que lo haga.

La decisión fue recibida con una condena casi universal, de aliados de Washington y de sus enemigos por igual, junto con manifestaciones de palestinos en los territorios ocupados por Israel de la Franja de Gaza y Cisjordania, así como en otras partes del Medio Oriente.

En un discurso de 12 minutos, Trump arrojó la decisión como un “nuevo enfoque al conflicto entre Israel y los palestinos” y “un paso que había que dar hace mucho tiempo para promover el proceso de paz”.

En realidad, la medida representa una luz verde al gobierno israelí de extrema derecha del primer ministro Benjamin Netanyahu para acelerar la expansión y la creación de nuevos asentamientos sionistas e intensificar la limpieza étnica de palestinos de Jerusalén Este.

Al mismo tiempo, el presidente estadounidense se puso a auto-exaltarse como siempre, diciendo que aunque presidentes anteriores habían prometido mudar la embajada, “no lo habían cumplido”. Sugiriendo que el asunto era una falta de “valentía”, proclamó, “Hoy, estoy cumpliendo”.

Durante su campaña electoral de 2016, Trump prometió ser el “presidente más pro-israelí” de la historia estadounidense y mudar la embajada a Jerusalén. Esto era parte de una medida calculada para ganarse el apoyo de los cristianos evangelistas de derechas así como los mucho menos numerosos, pero financieramente críticos, del sector sionista de derechas, especialmente el multimillonario de los casinos Sheldon Adelson, quien donó unos $25 millones a la campaña de Trump.

Bajo condiciones en las que su administración está en una crisis cada vez más profunda, y el índice de aprobación pública de Trump está bajando hasta alcanzar niveles récord, el anuncio sobre Jerusalén, aunque amenaza con desencadenar una nueva oleada de derramamiento de sangre en el Medio Oriente y potencialmente más allá de la región, le brindó una manera barata de solidificar su “base”.

Se informó de que tanto su Secretario de Estado Rex Tillerson como el Secretario de Defensa General James Mattis se opusieron a la decisión. La acción de Trump, sin embargo, no fue meramente —como se está informando de manera generalizada, particularmente en Europa— un acto de irresponsabilidad o incluso locura. Más bien, tiene que ver con objetivos más amplios del imperialismo estadounidense para intensificar su intervención militar en el Medio Oriente, particularmente para retrotraer el aumento de la influencia iraní tras las sucesivas debacles sufridas por Washington en Irak, Libia y Siria.

Formalmente, Trump ha basado su cambio acerca de Jerusalén en una ley promulgada en 1995, la llamada Ley de la Embajada en Jerusalén, que fue aprobada con un apoyo bipartidista abrumador. Se incluía, sin embargo, en la ley, una exención que permite al presidente de los EUA postergar la mudanza de la embajada estadounidense por motivos de seguridad nacional. Cada presidente estadounidense desde Bill Clinton —incluyendo a Trump, hasta ahora— venía invocando esta exención cada seis meses tal como requiere la ley.

La decisión de Trump fue elogiada por destacados miembros de los dos partidos del Congreso. “Jerusalén ha sido, y siempre será, la capital eterna e indivisa del Estado de Israel”, dijo el presidente de la cámara, el republicano Paul Ryan en una declaración.

El principal demócrata del comité de relaciones exteriores del Senado, Ben Cardin de Maryland, respondió, “Jerusalén es la capital del Estado de Israel y la localización de la embajada estadounidense debería reflejar este hecho”. Aunque algunos demócratas expresaron reservas sobre lo oportuno del momento de la decisión de Trump, estas fueron minadas por el hecho de que apenas en junio el Senado estadounisense aprobó, sin un solo voto en contra, una resolución que reafirmaba la exigencia de mudar la embajada a Jerusalén.

Esta política bipartidista representa un repudio brutal de la ley internacional, respaldando la anexión ilegal de territorios por parte de Israel, incluyendo la mayor parte de la actual ciudad de Jerusalén, que ocupó militarmente durante la guerra árabe-israelí de 1967. Tales anexiones fueron declaradas ilegales bajo las Convenciones de Ginebra promulgadas tras la Segunda Guerra Mundial para impedir la repetición de acciones similares llevadas a cabo por el régimen nazi de Alemania.

Miles de palestinos protestaron en Gaza el miércoles adelantándose al discurso de Trump. Se informó también de protestas en escuelas en Cisjordania. El miércoles por la noche, grandes cantidades de jóvenes palestinos se volcaron a las calles de la capital jordana, Amán, uno de los mayores centros de refugiados palestinos. Coreando “¡Abajo Estados Unidos! ¡Estados Unidos es la madre del terror!” exigían a la monarquía hachemita del rey Abdullah que rompa su tratado de paz con Israel. Los palestinos también tomaron las calles en diferentes partes del Líbano. Varios centenares de manifestantes se congregaron también fuera del consulado estadounidense en Estambul, tirando monedas y otros objetos al edificio.

Organizaciones palestinas han hecho un llamamiento a tres “Días de Ira”, culminando el viernes, cuando se celebran servicios religiosos musulmanes. Intentos por parte de las fuerzas de seguridad israelíes de impedir el acceso de palestinos a la mezquita de al-Aqsa en Jerusalén han servido repetidamente para provocar enfrentamientos violentos. En 2000, una visita a ese sitio por parte del entonces primer ministro Ariel Sharon provocó una intifada, o levantamiento palestino, y también se encendió la violencia en 2015 a causa de intentos de colonos sionistas de derechas de atacar el lugar sagrado musulmán.

La reacción de Trump fue rotundamente condenada tanto por regímenes árabes como por los aliados de antaño de Washington en Europa occidental.

Una de las reacciones más elocuentes fue la del Ministro de Exteriores alemán Sigmar Gabriel, quien en vísperas del anuncio dijo que la decisión de Trump era un indicador de por qué la alianza entre Washington y Europa había empezado a “venirse abajo”. Añadió que la determinación del estatus de Jerusalén tenía que ser el producto de “negociaciones directas entre ambas partes” y que “Todo lo que empeora la crisis es contraproducente”. La decisión de Trump ha sido invocada por el establishment gobernante alemán para promocionar el rearme del país y la persecución más agresiva de sus intereses de gran potencia en la escena mundial.

Desafiada en el Parlamento en relación con la decisión de Trump, la Primera Ministra británica Theresa May la describió como “poco constructiva” y prometió hablar con el presidente estadounidense sobre el asunto. El presidente francés Emmanuel Macron tildó la decisión estadounidense de “lamentable”. Ambos reiteraron la posición de que el estatus de Jerusalén solo podría ser zanjado mediante negociaciones entre los israelíes y los palestinos.

La principal preocupación tanto de las potencias europeas, los regímenes árabes y la Autoridad Palestina basada en Ramallah es que la decisión de Trump ha tirado de la última alfombra de debajo del supuesto “proceso de paz”, una ficción diplomática que está cojeando desde hace más de un cuarto de siglo mientras el régimen israelí expandía con firmeza su sujeción de los territorios palestinos ocupados.

La perspectiva de una “solución de dos Estados”, que Trump dijo que los EUA apoyarían “si es acordada por ambos bandos”, ya ha sido rechazada por las capas gobernantes del gobierno israelí y se ha vuelto irrealizable por la continua transgresión y división de la tierra palestina que la han llevado a ser una colcha de retazos de territorios no contiguos. Esto solo ha sido también confirmado por el reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel, negando la exigencia palestina de que la misma ciudad fuera la capital de algún Estado palestino.

Los regímenes burgueses árabes, monárquicos, autocráticos y dictatoriales, todos los cuales han sido consultados de antemano por parte de la administración de Trump, lanzaron su condena pro forma al reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel.

El dictador egipcio, Gen. Abdel Fattah el-Sisi, advirtió de que las decisiones de Trump “socavarían las posibilidades de paz en el Medio Oriente”.

De manera semejante, el rey saudita Salman declaró que el cambio sobre Jerusalén “dañaría las negociaciones de paz y aumentarían las tensiones en la región”.

Según muchas noticias en los medios, sin embargo, Mohammed bin Salman, el príncipe heredero saudí quien en breve será rey, convocó al jefe de la Autoridad Palestina Mahmoud Abbas a Riad el mes pasado para informarle de las condiciones de Trump y ordenarle aceptarlas o someterse a la interrupción de la financiación saudí.

Siguiendo al discurso de Trump, Abbas emitió una respuesta grabada previamente advirtiendo de que, como resultado de las medidas del presidente estadounidense, “los grupos extremistas que intentan transformar el conflicto en nuestra región en una guerra religiosa que arrastrará a la región … hacia conflictos internacionales y guerras interminables.”

Al dirigente de la Autoridad Palestina, que hace de fuerza de seguridad adjunta para la ocupación israelí y de medio de enriquecimiento para una delgada capa de la burguesía palestina, le preocupa que el que la administración de Trump ponga fin a cualquier pretensión de que los asuntos esenciales en relación con el conflicto palestino-israelí serán dejados a la negociación, hará su posición insostenible.

Este llamamiento patético no encontrará simpatía en Washington. La perspectiva de que la provocación acerca de Jerusalén alimentará el terrorismo islamista ya está sin duda gestionada en los cálculos de Washington. Los atentados terroristas sirven como pretextos útiles para la guerra en el extranjero y represión en casa.

Al mismo tiempo, la administración de Trump claramente está calculando que Arabia Saudí, las otras monarquías petroleras del Golfo y los regímenes autocráticos suníes de la región no dejarán que ninguna preocupación por la suerte de los palestinos interfiera con su determinación de cimentar un eje anti-iraní junto con los EUA e Israel.

El primer ministro israelí Netanyahu transmitió su propia declaración grabada saludando la medida tomada por los Estados Unidos para reconocer a Jerusalén como la capital de Israel como “histórica” y elogiando a Trump por su “valiente decisión”.

La realidad, sin embargo, es que este reconocimiento representa un clavo más en el ataúd de la llamada “solución de los dos Estados”, disipando más cualquier ilusión que pudiera quedar en que el fin de la opresión de las masas palestinas se encontrará mediante acuerdos diplomáticos y negociaciones entre el imperialismo y los regímenes burgueses árabes. La única alternativa que queda es la de la lucha revolucionaria, que una a los trabajadores árabes y judíos en una lucha común por una solución socialista a los azotes de la guerra, la desigualdad y la explotación producida por el sistema capitalista.

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