Por Rolando Astarita

El cambio tecnológico es una constante en el modo de producción capitalista, y en la mayor parte de los casos sus consecuencias son pérdida de puestos de trabajo y las llamadas “racionalizaciones laborales”. Frente a esto, es frecuente que los reformistas convoquen a frenar el cambio tecnológico. En otros casos, activistas sindicales y organizaciones de izquierda demandan alguna forma de control obrero de la producción con el fin de impedir los despidos.

A los efectos de aportar elementos para el análisis, en esta nota presento textos de Rosa Luxemburgo y de Marx que sintetizan la posición clásica del marxismo frente a la introducción de la máquina, o la automatización.

Se trata de una cuestión de primer orden, ya que los capitalistas tratan de ganar mercado abaratando costos, y para ello introducen tecnología que ahorra mano de obra. Si la operación es exitosa, el capitalista innovador obtendrá una plusvalía extraordinaria, debida a la diferencia entre el precio prevaleciente en la rama –determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir- y el “valor individual” de su producto. Lo cual empujará al resto de los capitalistas de la rama a introducir la nueva tecnología. A su vez, cuando la nueva tecnología se generalice, desaparecerán las plusvalías extraordinarias… hasta que algún capitalista vuelva a introducir el cambio tecnológico (véase El Capital, cap. 10, t. 1, Siglo XXI). Así, bajo el látigo de la competencia, avanza el cambio tecnológico, y su contrapartida: el desplazamiento de los obreros por la máquina, esto es, la recreación permanente del ejército de desocupados.

Pero además, la máquina y la automatización avanzan en oposición directa a la presión salarial de los trabajadores. Es que a medida que los salarios se elevan, amenazando las ganancias, la introducción de la máquina se hace más rentable. Con lo cual, de nuevo, aumenta la desocupación, la cual ejerce una presión bajista sobre el salario y las condiciones laborales (véase ibid., caps 13 y 23).

Marx y las contradicciones del empleo capitalista de la máquina

En base a lo anterior Marx subraya “las contradicciones y antagonismos inseparables del empleo capitalista de la máquina”. Es que “considerada en sí, la máquina abrevia el tiempo de trabajo; mientras que utilizada por los capitalistas, lo prolonga”. También “en sí, facilita el trabajo, pero empleada por los capitalistas, aumenta su intensidad”. Asimismo “en sí es una victoria del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza, pero empleada por los capitalistas impone al hombre el yugo de las fuerzas naturales”. Por último, “considerada en sí aumenta la riqueza del productor, pero cuando la emplean los capitalistas, lo pauperiza” (pp. 537-8, t. 1, El Capital). Se trata, en última instancia, de la contradicción entre el contenido del medio de producción –que lleva al aumento de la producción de valores de uso, de riqueza material- y su forma social capitalista –esto es, basada en la explotación del trabajo.

Rosa Luxemburgo

En el mismo sentido que Marx, Rosa Luxemburgo también explica, en Reforma y revolución, la contradicción que es inherente al cambio tecnológico bajo el capitalismo. Lo hace en polémica con la idea, muy extendida entre los reformistas de su época, de que los sindicatos podrían regular la producción, y evitar los perjuicios que conlleva el cambio tecnológico para la clase obrera. Rosa Luxemburgo escribe:

“Es claro que en la técnica de la producción el interés del capitalista concuerda, en cierta medida, con el progreso y desarrollo de la economía capitalista. Sus propios intereses lo estimulan a efectuar mejoras técnicas. Pero el obrero aislado se encuentra en una posición totalmente distinta. Cada transformación técnica contradice sus intereses. Agrava la impotencia de su situación depreciando el valor de su fuerza de trabajo y tornando su trabajo más intenso, monótono y difícil. En la medida en que los sindicatos pueden intervenir en el departamento técnico de la producción, sólo pueden oponerse a la innovación tecnológica. Pero no actúan en concomitancia con los intereses de la clase obrera de conjunto y su emancipación, que más bien necesita del progreso de la técnica, y, por tanto, con el interés del capitalista aislado. Actúan aquí en sentido reaccionario” (p. 51, edición Izquierda Revolucionaria, http://www.marxismo.org).

Rosa Luxemburgo sintetiza entonces la contradicción que enfrentan los sindicatos que pretenden controlar la producción, bajo el capitalismo: por un lado, el desarrollo de las fuerzas productivas (y con ellas, de la máquina y la automatización) es una premisa de la emancipación de la clase obrera. Sin embargo, si los sindicatos participan de la gestión de las empresas, deberían oponerse al cambio tecnológico. Y de esa manera adoptarían una posición reaccionaria. Se trata de una contradicción propia del modo de producción capitalista; esto es, imposible de superar con alquimias reformistas de tipo alguno. Por eso es necesario exponerla de forma abierta y definida. Solo la socialización de los medios de producción podrá poner el avance tecnológico al servicio del ser humano, y no de la esclavización del trabajo.

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