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Por Rolando Astarita

La concentración del capital es la base de la creciente desigualdad de riquezas e ingresos. Así, según Oxfam, las ocho personas más ricas del mundo acumulan una riqueza neta que asciende a 426.000 millones de dólares; equivale a la riqueza que posee la mitad más pobre de la humanidad, 3600 millones de personas. De acuerdo al Credit Suisse, el 50% más pobre de la población mundial posee menos del 0,25% de la riqueza neta mundial.

Dice Oxfam: “…muchas personas afectadas por la pobreza en todo el mundo están experimentando la degradación de su principal fuente de riqueza –la tierra, los recursos naturales y sus hogares– a consecuencia de la inseguridad en la tenencia de la tierra, los acaparamientos de tierra, la erosión y fragmentación de la tierra, el cambio climático, los desalojos urbanos y los desplazamientos forzados. (…) La propiedad de la tierra en manos del quintil más pobre de la población se redujo en un 7,3% entre la década de los noventa y la de los 2000. (…) Los ingresos del 10% más pobre de la población se incrementaron en 65 dólares entre 1988 y 2011, lo cual equivale a menos de 3 dólares adicionales al año, mientras que los ingresos del 1% más rico aumentaron 182 veces más, 11.800 dólares. La investigación de Oxfam ha revelado que, en los últimos 25 años, el 1% más rico de la población ha obtenido más ingresos que el 50% más pobre en conjunto, y que casi la mitad (el 46%) del aumento total de los ingresos ha ido a parar al 10% más rico de la población. 80 Se trata de un dato importante, ya que el 10% más pobre de la población mundial sigue viviendo por debajo del umbral de la pobreza establecido en 1,90 dólares al día” (https://www.oxfam.org/sites/www.oxfam.org/files/file_attachments/bp-economy-for-99-percent-160117-es.pdf).

Hay más de 200 millones de desocupados y que 1400 millones de trabajadores tienen empleos precarios y sin acceso a la seguridad social.

Estos datos contradicen entonces el discurso que afirma que el capitalismo es sinónimo de igualdad, fraternidad, libertad y de gobiernos representativos del pueblo. La realidad es que el capitalismo engendra desigualdad, antagonismo social y gobiernos favorables al capital –en primer lugar, al capital más concentrado. La acumulación de riqueza en un polo tiene como contrapartida la falta de libertad, la alienación, la deshumanización, la miseria y pauperización de miles de millones. Lo importante es entender por qué estos males son sistémicos.

La esfera del mercado

El punto de partida del análisis es la compra y venta de la fuerza de trabajo, entendida esta última como el conjunto de las facultades físicas y mentales que el ser humano pone en movimiento cuando trabaja. En el mercado de trabajo por un lado está el poseedor de dinero, por el otro el propietario de la fuerza de trabajo. Son dos personas jurídicamente libres. Es la primera condición para que haya intercambio y el propietario del dinero pueda adquirir la fuerza de trabajo. Y la segunda condición es que el propietario de la fuerza de trabajo no disponga de los medios para producir y esté obligado a vender su fuerza de trabajo, so pena de morirse de hambre. La ideología burguesa, naturalmente, pone el acento en la primera condición, a saber, que el poseedor de la fuerza de trabajo es propietario libre de la misma. Y pasa por alto que el propietario de la fuerza de trabajo no tiene el poder de negarse a venderla, si quiere seguir viviendo.

En cualquier caso, en este acto de compra-venta se intercambian equivalentes: el trabajador vende su mercancía por su valor (determinado por el valor de los medios de consumo necesarios para reproducir la fuerza de trabajo y a su familia) y el capitalista adquiere el derecho a disponer de ella durante el tiempo que dure la producción. Por eso Marx dice que la circulación es “un verdadero Edén de los derechos humanos innatos” (véase cap. 4 t. 1 El Capital). Es el reino de la libertad, la igualdad, la propiedad, y también del utilitarismo. Libertad porque el comprador y el vendedor de la fuerza de trabajo solo actúan por su libre voluntad, como personas libres, jurídicamente iguales. Igualdad porque solo se relacionan entre sí como poseedores de mercancías, e intercambian equivalentes. Propiedad porque cada uno dispone lo suyo. Y utilitarismo (Bentham) porque cada uno se ocupa de sí mismo, y actúa guiado por su interés egoísta. El hecho de que la transacción aparezca como un intercambio de propietarios libres es la base del discurso apologético burgués.

De la circulación a la producción

Como señalamos en el apartado anterior, el valor de la fuerza de trabajo está determinado por el valor de la canasta de subsistencia. Sin embargo, su valor de uso es el acto mismo de trabajar. Y el capitalista solo contrata al obrero con la condición de que trabaje más allá del tiempo que le insume generar el equivalente al valor de la fuerza de trabajo. Ese exceso, o plus es, lógicamente, la plusvalía. Así, mientras que en el acto de compra-venta de la fuerza de trabajo se intercambian equivalentes, en el proceso de producción reina el intercambio de no equivalentes. Por eso, el paso desde la circulación a la producción es el paso desde la esfera de los derechos y la libertad formales, a la esfera de lo desigual, caracterizada por la explotación. Aquí ya no hay equivalencia, sino apropiación de trabajo impago por parte del capitalista. Es el ámbito del poder del capital sobre el trabajo, el lugar donde el obrero está obligado, si quiere conservar su empleo, a entregar más trabajo del que está contenido en el valor de su salario. De aquí la contradicción entre la forma y el contenido, entre la exaltación burguesa de la igualdad y la fraternidad (las formas de aparición), y la realidad de la desigualdad y la explotación (el contenido social profundo).

Se agudiza la contradicción 

Pero la contradicción entre la forma aparencial y el contenido se hace más aguda cuando se tiene en cuenta la reproducción ampliada del capital. Es que la plusvalía producida por el obrero A sirve para contratar al obrero B, quien a su vez genera más plusvalía. Así, constantemente el obrero reproduce su fuerza de trabajo, y al mismo tiempo reproduce el capital en escala ampliada. Esto es, se reproduce en tanto fuerza de trabajo desprovista de medios de producción; y reproduce en escala creciente el capital que compra más fuerza de trabajo y más medios de producción. Por eso, el obrero “pertenece al capital aun antes de venderse al capitalista” (p. 711, t. 1, El Capital). Es una “servidumbre económica” siempre renovada, encubierta por el intercambio de equivalentes (véase ibid.). Con lo cual no queda nada del derecho al fruto del trabajo, supuesto fundamento de la propiedad burguesa. En palabras de Marx:

“La relación de intercambio entre el capitalista y el obrero, pues, se convierte en nada más que una apariencia correspondiente al proceso de circulación, en una mera forma que es extraña al contenido y no hace más que mistificarlo. La compra y venta constantes de la fuerza de trabajo es la forma. El contenido consiste en que el capitalista cambia sin cesar una parte del trabajo ajeno ya objetivado, del que se apropia constantemente sin equivalente, por una cantidad cada vez mayor de trabajo vivo ajeno. Originariamente, el derecho de propiedad aparecía ante nosotros como si estuviera fundado en el trabajo propio. (…) La propiedad aparece ahora, de parte del capitalista, como el derecho a apropiarse del trabajo ajeno impago o se su producto; de parte del obrero, como la imposibilidad de apropiarse de su propio producto” (p. 721, t. 1, El Capital).

En definitiva, en el apartado anterior dijimos que el capital produce plusvalía; ahora, vemos cómo la plusvalía genera capital, y en escala creciente. Un resultado central del análisis marxista es que las fortunas de los capitalistas no se originan en su propio trabajo, sino en el trabajo no pagado a los explotados. Por eso Marx dice que la riqueza actual “se funda en el robo de tiempo de trabajo ajeno” (Grundrisse, p. 228, t. 2).

Apologética burguesa

A pesar de las dimensiones que ha alcanzado, el discurso apologético del capitalismo no puede dar cuenta de la polarización social creciente. No es casual que el fenómeno ni siquiera se menciona en los manuales ad usum de las carreras de Economics. Los modelos de crecimiento económico neoclásicos ni rozan el asunto; tampoco los tratados de Macro o Microeconomía. En los extremos de la abstracción, encontramos los “modelos” del equilibrio general. Como botón de muestra, citemos el de Gerard Debreu (Premio Nobel), que supone una economía en la que todos los ciudadanos son propietarios por igual de todas las empresas (véase Teoría del valor. Un análisis axiomático del equilibrio económico).

El marxismo, en cambio, explica por qué la tendencia a la polarización está inscrita en la lógica del capital, y su razón última: la propiedad privada de los medios de producción. Nunca se enfatizará lo suficiente que la base de la distribución del ingreso es la distribución de la propiedad de los medios de producción. Y a su vez, la distribución desigual del ingreso refuerza la distribución cada vez más desigual de la riqueza productiva.

Poder social y político del capital

La propiedad privada del dinero y de los medios de producción da derechos y poder social y político al capital. Derechos y poder de usar, o no usar, los medios de producción; de contratar o no contratar trabajadores; y de trasladarse a otro país o región si las condiciones de explotación del trabajo no lo satisfacen. No se trata de tal o cual ley, de tal o cual artículo del Código Penal, sino de un poder social (pero que también se expresa en el derecho burgués) que es inherente a las relaciones de propiedad y se sintetiza en el poder del dinero: “… el poder que cada individuo ejerce sobre la actividad de los otros o sobre las riquezas sociales, lo posee en cuanto es propietario de valores de cambio, de dinero. Su poder social, así como su nexo con la sociedad, lo lleva consigo en el bolsillo” (Grundrisse, p. 84, t. 1). Un poder social que está muy por encima de cualquier poder que pueda suponer el voto de los ciudadanos cada x número de años para elegir un gobierno, o una cámara legislativa.

Agreguemos que una interacción similar ocurre en el plano político: la propiedad de los medios de producción permite concentrar poder político; que a su vez refuerza la propiedad concentrada de los medios de producción.

Como corolario de lo anterior, se desprende que la proclamada fraternidad de la civilización burguesa es, en su naturaleza esencial, explotación de una clase por otra. De la misma manera, la igualdad es creciente desigualdad de riquezas y de ingresos. Y la justicia es derecho a apropiarse de trabajo ajeno. La forma proporciona la letra para que la clase dominante justifique el modo de producción y distribución que la beneficia y le permite acumular riqueza. El contenido es este mundo civilizado en el cual ocho individuos poseen tanta riqueza como 3600 millones de personas.

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