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*puto, putito, marica, maricón, mariposón, maricotas, joto. La lista es enunciativa, no limitativa.

Por:  Alberto Lujambio (@LujambioAlberto) y Ángel Conto (@AngelConto)

Hay ruido, confusión, molestia. Los heterosexuales están encabronados porque la FIFA, los activistas y las personas LGBTI estamos empeñados en coartar su libertad. Les estamos robando la palabra «puto» y tienen muchas ganas de decirla. Defienden su adjetivo con tanta fuerza que parecería que les queremos arrebatar una preposición entera.

Hace unos días, Vice publicó una pieza en la que le preguntaban “a homosexuales” como se sentían respecto del «puto» en los estadios. Sin explicar su metodología ni referirse al fondo del debate, presentan opiniones “a favor” y “en contra”. Los que aprobaban el grito no aportaron un solo argumento ético o político: hablaron desde su privilegio. Lo que está detrás es la vieja —pero poderosa— falacia del argumento especial: como a mí no me ofende, luego entonces, no está mal.

Si eres de los que no les gusta leer, creamos un diagrama de flujo para ti. Te recomendamos imprimirlo y llevarlo en tu cartera. Siempre que te preguntes si puedes decir «puto», consúltalo y te encontrarás con la respuesta. Lo hicimos en una ventana de Windows 95 porque nos parece increíble que sigamos hablando de esto.

Para explicarte qué y por qué nos aproximamos al fenómeno haciendo seis sencillas preguntas:

1. ¿Estás en una multitud?

Si estás en una multitud NUNCA debes usar lenguaje discriminatorio. Este tipo de conductas tienen como consecuencia los actos más dolorosos de la violencia hacia minorías: el linchamiento. Quizá en esa multitud en la que estás no hay un plan concreto para agredir físicamente a ninguna persona LGBTI. No importa. Las cosas se pueden salir de control.

Normalizar este tipo de conducta crea y justifica el odio en grupo. ¿Alguna vez te corearon «gordo», «idiota» o «cuatro ojos» en el salón? Si nunca te ocurrió, eres afortunado. Para muchos de nosotros escuchar un estadio entero gritando «puto» nos regresa a los momentos más difíciles de nuestra existencia.

Si eres parte de una porra o de una horda enardecida, nunca corees una palabra ofensiva. Nunca. Jamás.

2. ¿Eres lesbiana, gay, bisexual, trans o intersexual?

Lo hemos escuchado hasta el cansancio. El argumento es: así se dicen entre ustedes. Aunque así nos dijéramos “todos los gays” de eso no se sigue que nos lo pueda decir cualquiera. Error. De nuevo.

Esta reflexión debería empezar así: las personas LGBTI pueden usar este abanico de términos con más libertad. Sobre todo, cuando no se usa la palabra señalando —u ofendiendo— a alguien sino de forma contextual.

Si no te queda claro, piensa en tu mamá.

Tú puedes decir que es una culera pero ninguno de tus amigos tiene el derecho de hablar al respecto. Es tu jefa. Otro ejemplo vive en la comunidad afroamericana: nigga es una palabra perfectamente aceptable para referirse a otro miembro del grupo siempre y cuando se use sin ánimo de ofender.

Así, la banda LGBTI podemos usar la palabra «puto» para referirnos a alguien que no está en el cuarto, siempre y cuando no lo digamos con ánimo de ofender. Aportamos un ejemplo:

—¿Lujambio es gay? —preguntó una persona que vive debajo de una piedra.
—Ay, claro, es putísimo —contestó Ángel, que vive en la esquina del Marra.

Este es un típico ejemplo de un uso amigable de la palabra entre nosotros. Si alguien nos relatara la conversación de arriba no nos sentiríamos ofendidas.

3. ¿Es mana?

Hay una vieja tradición entre las jotas que nos ha mantenido vivas: si crean una palabra para lastimarnos, estamos obligadas a hacerla nuestra. Es la mejor defensa contra el lenguaje de odio porque ataca frontalmente la operatividad del insulto. La apropiación es un mecanismo que solo pueden aceptar —o no— los miembros del grupo vulnerado.

Si a tu amigo gay le molesta la palabra «puto» no se la digas. Aunque seas gay. Pregunta. Siempre pinches pregunta.

Este principio lo podríamos resumir así: entre manas podemos despedazarnos pero jamás —casi nunca— nos haremos daño.

4. ¿Estás en el lugar adecuado?

Es un tema de etiqueta. Sin importar tu identidad sexual, nunca uses lenguaje discriminatorio en ningún contexto fuera del núcleo íntimo de confianza. No digas «puto» en una junta, no lo grites en la calle y nunca lo uses frente a desconocidos.

Si tu amigo gay dejó en visto tu mensaje de whatsapp puedes escribirle “contesta pinche puto” para llamar su atención. Si te invitó a presentar su libro quizá sea mejor que no hagas ninguna mención de su identidad sexual.

Como decía Obi Wan: usa la fuerza, confía en tu intuición.

5. ¿Hay confianza?

Los dos autores de esta guía tenemos amigos heterosexuales con los que hemos trabado una relación de enorme complicidad. Si formas parte de la fauna de la diversidad sexual puedes decirle «puto» a tu amigo si te lo permite.

Muy importante: ese permiso que tienes para usar la palabra es exclusivo para la relación con tu maricón: en privado y en confianza. La “licencia temporal de uso de lenguaje ofensivo” no es transferible. Debe ser manejada con amor y sentido común.

6. ¿Es recíproco?

Para algunos, la carrilla es parte indispensable de nuestras relaciones interpersonales. Por definición, nuestros amigos no nos toman muy en serio. Este desenfado y este amor desde la vulnerabilidad, nos obliga a mirarnos desde afuera.

La premisa es que todos somos ridículos y predecibles. Nuestras identidades coquetean con el cliché e, idealmente, hay un amigo que lo recordará siempre. En un mundo recíproco le dirás a tu amigo que es un “macho inepto” y pasarán un par de horas riéndose de sí mismos.

Si hay pleno consentimiento y reciprocidad, las amistades pueden estar montadas en el insulto sensible y continuado.

Los datos. ¿Qué pasa fuera del estadio?

El Instituto de la Juventud de la Ciudad de México aplicó una encuesta a sus usuarios del Servicio de terapia psicológica para jóvenes LGBTI. Se analizaron 81 casos en 2016. Los resultados son aterradores.

Casi el 60% de los jóvenes capitalinos encuestados han sido víctimas de violencia por parte de su padre. Más de la mitad han sido insultados o rechazados y casi una tercera parte fueron golpeados. El 22% fueron privados de su libertad para evitar que siguieran con sus “joterías” y a un escandaloso 13% los amenazaron con terapias de conversión.

En el 67% de los casos se presentan trastornos depresivos debido a baja autoestima y el 44% declararon tener problemas de sociabilidad. Uno de cada diez abandonó sus estudios.

La mayoría de los pacientes son estudiantes y han sufrido violencia en sus centros de estudio.

¿Conclusión?

Los autores de este texto preferimos que un amigo del alma nos diga “puto” a que un extraño del Frente Nacional por la Familia nos exprese que “nos ama y solo piensa en nuestro bien”. Si tienen alguna duda, los invitamos a viajar con nosotros a 1995.

Publicado originalmente en AnimalPolítico.com.

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