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Por Patrick Martin

Dos eventos de esta semana han vuelto a centrar la atención de público en los peligros inherentes del calentamiento global y el cambio climático. El primero fue a publicación de un informe el 10 de julio en la revista estadounidense Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) advirtiendo que la actividad humana está produciendo una “aniquilación biológica” y un evento de extinción masiva, el sexto fenómeno de este tipo en la evolución de la vida en la Tierra.

El informe examinó datos históricos de 200 animales terrestres y encontró que la mayoría estaba en crisis, con casi todos habiendo perdido una porción sustancial de sus espacios geográficos y más del 40 por ciento sufriendo severos descensos en su población (80 por ciento o más). Los leones, los guepardos, las jirafas y numerosas especies de aves sufrieron los mayores descensos.

El segundo evento fue el derrumbamiento el miércoles de una parte de la plataforma de hielo Larsen C de la Antártida, formando así un iceberg masivo, con un peso estimado en un billón de toneladas de hielo, equivalente al doble del agua dulce en el Lago Erie. El iceberg tiene la misma superficie terrestre que el estado de Delaware (o, para compararlo con algunas de las islas más conocidas del mundo, es más grande que Bali, Trinidad o la Isla del Príncipe Eduardo de Canadá, pero ligeramente más pequeña que Córcega, Chipre o Puerto Rico).

Los científicos que se especializan en la Antártida estuvieron divididos sobre si el cambio climático es el principal evento precipitante del “parto” de este nuevo iceberg gigante. Estas rupturas forman parte del ciclo de vida de las gigantescas capas de hielo que cubren el continente meridional. Sin embargo, las temperaturas medias de los océanos alrededor de la Antártida han estado aumentando durante un cuarto de siglo, particularmente en la región cercana a Larsen C.

No hay duda de que el calentamiento global ha tenido un efecto mayor a largo plazo en la Antártida, evidenciado por los anteriores colapsos de las capas de hielo conocidas como Larsen A en 1995 y Larsen B en 2002. La preocupación ahora es que la ruptura total del enorme iceberg, con 12 por ciento de la superficie de Larsen C, podría ser el precursor del colapso de toda la capa de hielo, lo que significaría un evento geofísico importante.

La erosión del hielo antártico es parte de un proceso global más amplio, incluyendo el rápido derretimiento de la capa de hielo del norte que cubre el Océano Ártico, la contracción de la capa de hielo de Groenlandia y la desintegración de glaciares en todo el mundo bajo el impacto del calentamiento global.

Cabe señalar que el estudio sobre el Larsen C se ha realizado principalmente a través de instrumentos satelitales colocados en órbita por la NASA y la Agencia Espacial Europea. El espectro radiómetro de imágenes de resolución moderada de la NASA (MODIS) del satélite Aqua reveló por primera vez la ruptura del iceberg. Su separación completa de Larsen C se confirmó por medio del instrumento que orbita los polos de la NASA, el radiómetro infrarrojo VIIRS.

Tales misiones satelitales para el estudio de la superficie terrestre están destinadas a ser reducidas o eliminadas según los planes presupuestarios del gobierno de Trump para el año fiscal 2018. El senador republicano, Ted Cruz, quien dirige el comité del Senado con jurisdicción sobre la NASA, ha presionado repetidamente a la NASA para que centre sus esfuerzos en otros planetas del sistema solar y evite estudios sobre la Tierra, temeroso de que tales investigaciones de la NASA refuercen el consenso científico de que el calentamiento global y el cambio climático son de las más importantes amenazas.

La reaccionaria cabezonería del gobierno de Trump y de la derecha republicana puede hacer que los que verdaderamente se preocupan por los peligros del calentamiento global vean con mejores ojos al supuesto racionalismo del gobierno de Obama, el Partido Demócrata y sus aliados en Europa, como Angela Merkel de Alemania. Sin embargo, este sería un error catastrófico.

Las medidas propuestas por los políticos burgueses –los demócratas en EE. UU., los conservadores y socialdemócratas en Europa— no pasan de insinceras advertencias sobre los peligros del calentamiento global mientras hacen poco o nada al respecto. El muy alabado Acuerdo de París, del que Trump retiró a Estados Unidos el mes pasado, es totalmente insignificante.

La élite corporativa global, los CEOs que han sido los principales responsables de las emisiones de carbono y otros tipos de contaminación, le han dado su apoyo al acuerdo. Menos de 100 corporaciones emiten dos terceras partes de todas las emisiones de carbono humanas.

Hay que decir aquí algo en particular acerca de los partidos “verdes”, que remontan sus orígenes a los movimientos ambientalistas a finales de los años sesenta y principios de los setenta, pero que, una vez en el poder, demostraron ser servidores desvergonzados de las grandes empresas. Su evolución demuestra la imposibilidad de abordar la crisis ambiental con base en el sistema económico existente.

Lo que se necesita para afrontar la crisis climática es un esfuerzo global, movilizando los recursos científicos, tecnológicos y productivos de toda la raza humana, combinando una reducción en la “huella” de carbono en la sociedad mediante el desarrollo de sistemas energéticos más eficientes como la implementación de métodos para recuperar realmente el carbono atmosférico (un proceso llamado “captura de carbono”) para reducir el nivel de carbono a niveles históricamente sostenibles.

Esos esfuerzos chocan inmediatamente contra barreras insuperables bajo el capitalismo: la propiedad privada de los medios de producción controlados por un puñado de multimillonarios capitalistas y corporaciones gigantes, y la división del mundo en Estados nación capitalistas rivales. Eso sólo demuestra que es imposible llevar a cabo un esfuerzo serio para revertir el calentamiento global y el cambio climático en el marco del sistema de ganancias.

La crisis climática es otra razón, junto con la creciente desigualdad social, los ataques a los derechos democráticos y la creciente amenaza de otra guerra mundial imperialista, para poner fin al capitalismo y establecer una sociedad socialista en la que las fuerzas productivas estén subordinadas a las necesidades de la sociedad y toda la población de este planeta, no al lucro privado.

Los mismos adelantos científicos que, en manos de los multimillonarios, amenazan con la destrucción del planeta, pueden conducir, bajo el control de la clase obrera, la cual incluye a la inmensa mayoría de la humanidad, al resultado opuesto: la creación de una sociedad que acabe con la pobreza, la guerra la injusticia social y los peligros que plantean el cambio climático y el calentamiento global.

 

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