Compartir:

Por Santiago Vasconcelos (Profesor de Biología)

El calentamiento global es un fenómeno que ocurre principalmente como producto de la emisión a la atmósfera de los denominados gases de invernadero (dióxido de carbono, metano, etc), que a partir de la revolución industrial fueron aumentando progresivamente en la atmósfera, como resultado principalmente de la quema de combustibles fósiles (petróleo, gas).

Estos gases atrapan la radiación solar reflejada por la tierra por lo que, al aumentar su cantidad, aumenta la retención de esa radiación, elevando la temperatura terrestre.

La mayor parte del planeta es agua, entonces el aumento de la temperatura terrestre implica también la elevación de la temperatura de los océanos. Por otro lado, el aumento en la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera tiene también como consecuencia el aumento de la acidez del agua.

La salida de Trump del (de todos modos inútil) acuerdo de París se produce de manera casi simultánea con dos fenómenos que evidencian el impacto a gran escala que el modo de producción capitalista está generando en el Planeta Tierra: por un lado, un iceberg de casi 6 mil kilómetros cuadrados (alrededor de 30 veces la ciudad de Buenos Aires) se desprendió de la Antártida, algo que constituye una tendencia (especialistas afirman que cerca del 80% de las barreras de hielo de la Antártida occidental se han perdido en los últimos 40-50 años). Por el otro, el fenómeno del blanqueamiento y posterior muerte de los corales de todos los océanos, y el más impactante, el de un gran porcentaje de la gran barrera de coral australiana, declarada patrimonio de la humanidad.

Los corales son animales marinos formados por pólipos que presentan simbiosis con microalgas que habitan en su interior y que realizan fotosíntesis. La elevación de la temperatura provoca la expulsión de esta microalga simbiótica de los pólipos de los corales (a diferencia de nosotros, la temperatura de la mayor parte de los organismos marinos depende directamente de la temperatura del agua). Además, el aumento de la acidez del agua dificulta la formación de la estructura del coral.

Determinar los alcances y las consecuencias de estos fenómenos es sumamente difícil por la complejidad del entramado de los ecosistemas. El desprendimiento del iceberg implica la aceleración progresiva del derretimiento de los polos (un cubo de hielo tarda más tiempo en derretirse que si uno tritura ese mismo cubo), lo que implica la elevación del nivel del mar y la desalinización del mismo dado que el hielo polar es de agua dulce.

Los corales, a su vez, son la base de ecosistemas marinos enteros. La gran barrera de coral, por ejemplo, tiene una superficie un poco mayor a la provincia de Buenos Aires. Sirve, por lo tanto, de hábitat y de alimento a una enorme variedad de especies marinas, que en muchos casos también son consumidas por los humanos. Como un castillo de naipes, retirar las cartas que están en la base, puede, en determinado momento, derribar toda la estructura.

La responsabilidad del imperialismo y de los gobiernos capitalistas es ineludible. El acuerdo de París, cuya cumbre fue financiada por muchos de los pulpos contaminantes (como Volkswagen), no fijó metas concretas ni obligaciones por país y buscó lavarse la cara frente a los movimientos ambientales. Es, a su vez, fuente de pujas intercapitalistas e interimperialistas, como lo demostró el reciente portazo de Trump.

Con la salida del acuerdo de París, Trump quiso congraciarse con el sector del carbón y el petrolero, pero chocó con los intereses de las compañías que han invertido en energías renovables, como las tecnológicas.

La depredación ambiental es inherente a un régimen social que consagra en el altar supremo a la ganancia capitalista, buscando disminuir el costo de la mano de obra, y, por supuesto, reducir a la mínima expresión cualquier costo que implique la preservación del medio ambiente. Y donde hay una aguda lucha por la supervivencia entre los grupos que dominan la economía mundial.

El catastrofismo, como método marxista de comprensión de las tendencias del capitalismo a su disolución y a la catástrofe social, como resultado de sus contradicciones internas, muestra toda su vitalidad ante la catástrofe ambiental. El régimen social capitalista debe ser reemplazado por una economía que esté planificada centralmente, en función de las necesidades de la población, y no del lucro capitalista, con toda la tecnología que la humanidad ha desarrollado y podrá desarrollar. Esto es posible, únicamente, bajo un gobierno de trabajadores. Manos a la obra, antes de que sea demasiado tarde.

Compartir: