Lunacharski, comisario de Lenin, denunció el oscurantismo religioso tras el triunfo de la Revolución de 1917. Este fue su episodio más surrealista.

Cinco años después del episodio que les vamos a contar, su protagonista, Anatoly Lunacharski, aseguró: «La religión es como un clavo. Cuanto más se la golpea en la cabeza, más penetra». El comisario de Instrucción Pública de Lenin llevaba cinco años dedicado a perseguir el oscurantismo y los valores conservadores de la Iglesia. Desde el triunfo de la Revolución Rusa, en 1917, apoyado por el aparato del recién creado estado proletario, se dedicó a convertir monasterios y templos en bibliotecas y centros de instrucción pública, denunciar los crímenes de la iglesia, confiscar bienes eclesiásticos para repartirlos en las comunidades.

El juicio simbólico se produjo a comienzos de 1918, hace ahora un siglo, con el llamado «Juicio del Estado Soviético contra Dios». El episodio coincidió con el comienzo de la época iconoclasta de la URSS. El zar Nicolán II había sido derrocado un año antes, aunque faltaban aún seis meses para que fuera fusilado.

En esta vorágine de acontecimientos se organizó en Moscú un tribunal popular al que el primer Gobierno bolchevique se declaró listo para juzgar al Todopoderoso por sus «crímenes contra la Humanidad» y «genocidio». Su presidente fue precisamente Lunacharski. Uno que, decía, «ya no necesita hacer referencia a Dios, ya que la nueva sociedad no está basada en un pacto con él».

Una Biblia

El 16 de enero de 1918 fue el día elegido para que se celebrara aquel acto sin precedentes que se alargó durante cinco horas y fue presenciado por una gran cantidad de público. A simple vista no parecía haber diferencias entre aquel juicio «divino» y otro terrenal. Los detalles estaban perfectamente cuidados, como si de un proceso legal se tratara, con una una Biblia en el banquillo de los acusados.

En primer lugar se produjo la lectura de todos los delitos que el pueblo ruso, en supuesta representación del resto de la especie humana, atribuía el «reo». Los fiscales presentaron una gran cantidad de pruebas basadas en testimonios históricos, según los cuales la imputación principal estaba clara: Dios era culpable. Los defensores designados por el Estado soviético, por su parte, aportaron pruebas de su inocencia. Llegaron incluso a pedir la absolución del acusado, alegando que padecía una «grave demencia y trastornos mentales» y que, por lo tanto, no era responsable de los hechos que se le achacaban.

Lunacharski no era exactamente un ignorante en lo que a cuestiones religiosas se trataba. Todo lo contrario. El presidente del tribunal había aprovechado sus años en París y las largas temporadas que había pasado en la cárcel antes de 1917, para estudiar intensamente la historia de las religiones. De ahí surgió la idea de su ensayo «Religión y socialismo».

«Culpable»

Tras cinco horas de testimonios, apelaciones y protestas, el tribunal declaró finalmente «culpable» a Dios de los delitos por los que era juzgado. A continuación, Lunacharski leyó la sentencia: el Señor era condenado a muerte y debía ser fusilado a la mañana siguiente. Hasta entonces, sus abogados no tendrían derecho a interponer ningún tipo de recurso ni establecer el más mínimo aplazamiento. Al amanecer, un pelotón llevó a cabo los deseos del juez disparando varias ráfagas al cielo de Moscú.

 

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