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Por Christian Rath y Matías Villar

El 23 de octubre de 1956 200.000 húngaros salieron a las calles en Budapest iniciando una insurrección nacional. La Unión de Escritores reclamó la restitución del ex primer ministro Imre Nagy, un dirigente del PC apartado del gobierno por la burocracia. Los estudiantes exigieron la depuración de los estalinistas del Estado, elecciones libres y derecho de huelga. Fue una gran revolución obrera, que llevó a la ocupación de fábricas, la captura de cuarteles militares y la formación de Consejos Obreros y Comités Revolucionarios. La intervención de las tropas rusas dentro del país profundizó la rebelión y obligó, por primera vez, a una intervención militar organizada por el Kremlin que ahogó en sangre -2.500 muertos- la rebelión popular.

Hungría formaba parte del llamado glacis soviético de Europa oriental (Estados en los que la ocupación rusa de posguerra había dado lugar a una expropiación burocrática del capital). La dictadura rusa sometía económica, política y nacionalmente a estos países. Con Mátyás Rákosi había montado en Hungría un Estado policial que buscaba contener contradicciones explosivas -caída del nivel de vida, bajos salarios, colectivización forzosa.

A la vez, el triunfo de la revolución en Yugoslavia (1945), en abierto choque con la burocracia estalinista, desató una represión interna de conjunto. A la excomunión del dirigente yugoslavo Tito, en 1948, le siguieron “depuraciones” y purgas masivas en la URSS y los otros Estados. La acusación de “titoístas” significó el asesinato (László Rajk), el encarcelamiento (János Kádár) o la expulsión (Imre Nagy) de reconocidos dirigentes comunistas húngaros.

Una reforma trunca

La muerte de Stalin -marzo de 1953- agravó la crisis de la burocracia. La capa dirigente se vio obligada a alterar sus métodos de dominación, basados en la violencia física. Una consecuencia de este viraje de sobrevivencia fue la reorganización de la terrible policía secreta de Stalin, la liberación de algunos detenidos políticos y el reconocimiento por Kruschev, en el XX Congreso del PCUS (febrero de 1956), aunque de modo parcial, de los crímenes de Stalin. Los levantamientos obreros en Berlín oriental (1953) daban cuenta de la iniciativa popular contra la burocracia, que respondió con algunas reformas, el cambio del personal político y el restablecimiento de relaciones con Yugoslavia.

Hungría se convirtió en banco de prueba de este cambio de frente. Se convocó a Nagy como primer ministro mientras Rákosi mantenía el control del aparato partidario y la policía secreta. La política de Nagy buscó tender puentes hacia el titoísmo, intentó dar cierta autonomía al Frente Patriótico Popular -un conglomerado político aliado al PC- y aminoró la represión, lo que hizo aflorar un movimiento crítico en las capas intelectuales y estudiantiles. Incrementó la producción de bienes de consumo, liberalizó el régimen de reclutamiento forzoso de los campesinos en las cooperativas y les otorgó algunas concesiones. Se propuso pasar del arbitraje policíaco a un régimen colectivo de las distintas alas de la burocracia pero, en 1955, fue depuesto por Rákosi y expulsado del PC como parte de un nuevo giro de endurecimiento de la burocracia en Europa.

El golpe agudizó la crisis. Desde las filas de la Juventud Comunista surgió el Círculo Petöfi, que impulsó debates en los que participaron miles de jóvenes, estudiantes y obreros. Exigían el “juicio y castigo” a los culpables de los crímenes de la burocracia. A mediados de julio Rákosi renunció y subió Gerö. Para probar su condición reformista autorizó, para el 6 de octubre, el sepelio oficial de Rajk (un funcionario ejecutado por “titoísta”), donde se produjo una marcha imponente encabezada por su viuda, Nagy y otros opositores. En Polonia, conmovida por movilizaciones, la burocracia había aceptado que Wladyszw Gomulka (el Nagy polaco) asumiera el gobierno. Las masas húngaras entendieron que en Polonia había triunfado el pueblo y que esto planteaba una oportunidad única.

Los estudiantes resolvieron convocar una movilización para el 23 en solidaridad con las masas polacas, pero el programa excedió esta consigna. A la denuncia de la represión y el reclamo de la disolución de la odiada policía secreta (AVH) se sumó el rechazo a las tropas de ocupantes rusos, a la carestía, a los bajos salarios y el aumento de los ritmos de producción.

Victoria

El gobierno se opuso a la manifestación, lo que radicalizó la situación. El 23 de octubre, miles de manifestantes ganaron las calles de Budapest, estudiantes y obreros. Esa misma tarde, obreros metalúrgicos derribaron un símbolo de opresión: la gigantesca estatua de Stalin emplazada en el centro de Budapest.

Gerö calificó de “banda contrarrevolucionaria” a los movilizados y ordenó reprimir duramente a manifestantes que se dirigían a una estación de radio. A esta altura el programa de 16 puntos de los rebeldes unía las reivindicaciones sociales (salario y condiciones laborales) a las nacionales (retiro de las tropas rusas) y a las políticas: elecciones libres, la vuelta de Nagy al gobierno, la disolución de la policía secreta y el juicio popular por los crímenes.

La insurrección comenzó a extenderse por todo el país y partió el espinazo del Estado cuando el ejército y la policía, convocados a reprimir, confraternizaron con las masas movilizadas.

Un gobierno quebrado, en una sesión de emergencia del Comité Central del PC, nombró a Nagy primer ministro.

Pero, a esta altura, los tanques soviéticos ocupaban Budapest. Nagy llamó “a los soviéticos a retroceder y a los insurgentes a moderar sus demandas” pero “le tomó varios días descubrir que estaba confrontando con una rebelión nacional contra la dominación extranjera y el régimen totalitario” (1). Una huelga general, iniciada el mismo 24, paralizó al país. “En casi todas las ciudades, a veces luego de sangrientos choques con la policía, pero en la mayoría de los casos pacíficamente, el poder pasó a las manos de los comités revolucionarios y los concejos obreros” (2).

El 25 se produjo un vuelco. Una unidad blindada rusa se pasó del lado de los insurrectos. Un hecho determinante fue la agitación en ruso de los estudiantes húngaros sobre los tanques. El llamado a que bajen sus armas y a actuar juntos comenzaba con una frase de Marx: “no puede ser libre un pueblo que oprime a otro pueblo”. Juntos, manifestantes y tanques, marcharon hacia el Parlamento. La policía secreta disparó sobre la multitud, los tanques arrasaron con los “servicios” y protegieron al pueblo inerme. La población comenzó a armarse, una unidad del ejército húngaro se pasó en masa al campo revolucionario, en todas las grandes ciudades industriales y mineras el vacío de poder fue ocupado por los Consejos Obreros. Para el Kremlin la situación no podía sino empeorar, porque la fraternización con los soldados rusos estaba disolviendo a las tropas soviéticas.

En estas circunstancias una delegación de la burocracia de la URSS llegó a Budapest y acordó el reemplazo de Gëro al frente del PC, la disolución de la policía secreta, el retiro de las tropas rusas de Budapest y el inicio de negociaciones para retirarse de Hungría. Una derrota en toda la línea que se coronó con el nuevo gobierno formado por Nagy el 28 de octubre.

Hungría vivió una semana de libertad que trajo a la memoria la revolución obrera de 1919. Consejos y Comités revolucionarios estaban a cargo del gobierno en la mayor parte del país. La desconfianza hacia lo que harían los rusos era profunda (y certera, como se revelaría en el retorno en masa de las tropas para aplastar la revolución).

La victoria no era compartida, desde ya, por la burocracia soviética, pero el silencio hostil comprendía a los gobiernos imperialistas, a la socialdemocracia europea y al Vaticano. Ninguna de estas fuerzas podía comulgar con una revolución política que adoptaba los métodos históricos de la clase obrera -huelga general, insurrección, armamento popular- y creaba sus propios organismos de poder.

No fue la única condena. La IV Internacional, revisionista, bajo la dirección de Michel Pablo, declararía en esas horas que el gobierno Gomulka en Polonia, era “expresión (…) de la verdadera tendencia centrista que evoluciona (…) hacia la izquierda” por lo que “la revolución política de las masas (…) ha podido ahorrarse los trámites de la incertidumbre”. En cuanto a Hungría: “desbordado, el gobierno Nagy ha empezado a maniobrar fuera del campo de clase sin haber intentado (…) maniobrar frente al Kremlin, en el interior de dicho campo” (3). Nueve meses más tarde, Gomulka lanzaba una ofensiva general contra huelgas y manifestaciones antiburocráticas y Nagy había sido ejecutado por la burocracia.

La constitución del Consejo Obrero Central fue un signo de la madurez de la revolución obrera, que había tenido a los intelectuales y la juventud estudiantil como primera línea en sus orígenes. La crónica más sólida sobre estos hechos4 revela que mucho antes de ser fundado “era inevitable” la constitución del Consejo Central porque “los consejos obreros estaban empezando a actuar como semilleros de personas que eran capaces de dirigir la producción en las fábricas y que se proponían la coordinación”, que una parte de sus miembros “habían hecho sus primeras armas en la revolución de los Consejos de 1919” y casi la mitad de los delegados eran jóvenes de entre 23 y 28 años de edad.

En su programa de ocho puntos planteó la reposición de Imre Nagy como primer ministro, depuesto diez días antes por la segunda invasión rusa; el retiro de todas las tropas soviéticas; la expulsión de los miembros de las antiguas fuerzas de seguridad; la libertad de los luchadores; la huelga general hasta tanto hubiese una respuesta.

La burocracia del Kremlin dispuso la segunda invasión, materializada entre el 3 y 4 de noviembre con tropas seleccionadas para evitar el contagio revolucionario, que había afectado a las tropas en la primera represión. Lo hizo porque consideró agotada la experiencia de Nagy, por su debilidad frente a la insurrección obrera. Hasta ese momento Nagy, bajo la presión del movimiento revolucionario, había depurado a elementos estalinistas del estado, disuelto a la policía política y constituido una nueva dirección política, encabezada por él. Desde la victoria de la insurrección obrera y el primer retiro de las tropas rusas Hungría asistía a una experiencia de absoluta libertad política y de organización. El PC estaba en franca disgregación, los “servicios” de la vieja policía secreta eran cazados en las calles y muchas veces linchados. Los Consejos Obreros rechazaban cualquier tipo de subordinación a los partidos políticos (incluido el PC).

¿Restauración?

En este proceso, el papel del cardenal Mindszenty, de la Iglesia, o de viejos dirigentes políticos de la burguesía o la monarquía, fue absolutamente marginal y reaccionario. La socialdemocracia se negó a participar del gobierno Nagy por las concesiones que este realizaba a la insurgencia obrera. La Iglesia llamó a respetar la ley y la “moderación” en un esfuerzo por preservar el régimen burocrático, como lo haría en Polonia, 25 años más tarde. Partidos menores, como el de pequeños propietarios participaron de la coalición de gobierno pero sobre la base de reconocer el monopolio político del PC, que era lo que repudiaban las masas. Ninguna de estas fuerzas tenía peso en los Consejos Obreros que se ocuparon de defender en cada proclama la estatización de la banca, la industria y el comercio exterior.

El “relato” estalinista e imperialista, según el cual Hungría marchaba hacia la restauración del capitalismo fue una absoluta patraña.

Los límites del doble poder

Desde la victoria de la insurrección se instaló en Hungría un doble poder. De un lado el gobierno reformista de Nagy, del otro, el régimen de los Consejos Obreros. Estos últimos aceptaron reconocer al gobierno y colaborar con él. Nagy proclamó el reconocimiento de los Consejos y el respeto a la voluntad popular. Se produjo de este modo una situación política planteada en otras grandes revoluciones, de entrelazamiento de dos poderes rivales, de contenido social e histórico diferentes. Un intento de conciliar a una fracción de la burocracia en el poder, partidaria de la reforma (y preservación) del aparato estatal, y la organización de la clase obrera, orientada a la destrucción de la burocracia.

El puente entre estos dos polos de poder era la confianza depositada por las masas trabajadoras en los sectores reformistas (titoístas) de la burocracia del PC. Sin embargo, Nagy se había opuesto a tomar el poder enancado en la insurrección y se opuso a toda medida que quebrara la legalidad del régimen. El 1º de noviembre, ante el impasse en las negociaciones con los rusos, proclamó el retiro de Hungría del Pacto de Varsovia, un mecanismo de sometimiento de los trabajadores de Europa del Este a la burocracia rusa, en la línea seguida por la burocracia yugoeslava liderada por Tito. No lo hizo en función de un llamado a la solidaridad revolucionaria de los trabajadores del mundo, sino como un intento desesperado para frenar la invasión rusa mediante la intervención diplomática de las potencias occidentales (incluida la ONU).

La resistencia

El 4 de noviembre, 200 mil soldados y 6 mil tanques soviéticos ingresaron a Hungría. La burocracia del Kremlin impuso un gobierno fantoche, encabezado por Kádár, un dirigente del ala reformista del PC, y se inició un baño de sangre, cárceles y deportaciones.

La ofensiva no logró aplastar en forma inmediata a la clase obrera. La nueva dirección de los trabajadores húngaros continuó con la huelga general durante diez días, repitiendo las demandas que los trabajadores habían levantado en los primeros días de la revolución.

La demanda central era el reconocimiento legal de los Consejos Obreros con autoridad exclusiva en la gestión de la industria. La heroica resistencia continuó unos meses (hubo una enorme huelga general en diciembre) pero la represión, la cárcel, el hambre y el frío terminaron de liquidarla. El saldo fueron 2.500 muertos, miles de heridos, cientos de encarcelados, 200 mil exiliados y 13 mil en campos de concentración. 350 personas fueron ejecutadas posteriormente, entre ellas Nagy.

El imperialismo apoyó en pleno la acción del gendarme ruso. La misma semana en que los húngaros se levantaban contra la ocupación, el ejército sionista, apoyado por el imperialismo anglo-francés, invadía la península del Sinaí hasta el Canal de Suez, que había sido nacionalizado por el gobierno de Nasser. La URSS y el imperialismo yanqui -que habían sido parte de la coalición que impuso el estado enclave de Israel en 1948- se unieron aquí también para impedir una evolución independiente de las masas.

La izquierda

La invasión rusa fue respaldada por los partidos comunistas del mundo. Entre ellos, los futuros líderes del movimiento eurocomunista como el italiano Palmiro Togliatti o el español Santiago Carrillo. También el maoísmo: en enero de 1957, Chou En-Lai, primer ministro de la República Popular China, visitó Varsovia y Budapest para defender la acción del ejército soviético. El gobierno yugoeslavo, luego de haber condenado la primera invasión, apoyó la segunda. En la ONU, junto a los nacionalistas de la India (formaban parte del movimiento de Países No Alineados), condenaron a Inglaterra y Francia por su aventura de Suez pero guardaron un silencio cómplice frente a Hungría. Todos ellos cuidaban sus propias espaldas: la revolución política, como se revelaría muchos años después, también se estaba haciendo presente en la propia URSS.

La IV Internacional, revisionista, negó su apoyo a la revolución política y planteo que el gobierno reformista del PC debía “maniobrar frente al Kremlin, en el interior de dicho campo”5. Ni siquiera planteó la expulsión del Ejército Rojo de Hungría, convirtiéndose en cómplices de la invasión y la masacre posterior. La corriente orientada por Nahuel Moreno consideró lo ocurrido en Hungría “una revolución nacional y democrática apoyada por los…Consejos Obreros”. Hungría, como Polonia, habrían sido “revoluciones nacionales -contra el opresor extranjero- y democráticas -contra el totalitarismo político y las injusticias sociales”6. Adviértase: no revoluciones obreras y socialistas con reivindicaciones nacionales y democráticas, sino “nacionales y democráticas”. Moreno desenvolvía, de este modo, su propio revisionismo del trotskismo. La revolución democrática es, por su carácter de clase, una revolución (o contra revolución) burguesa. No podría ser nunca anticapitalista. La burocracia lanzó la restauración capitalista no sólo para convertir sus privilegios en propiedad, sino como medida de defensa ante la perspectiva de la revolución proletaria.

Notas

1. Francois Fejtö: A History of the People Democracies, Penguin Books, 1972.

2. Hernán Díaz: “El gobierno obrero húngaro de 1919”, En defensa del Marxismo N° 24, 1999.

3. La IVe. Internationale, diciembre 1956, citado por Jean-Jacques Marie, El Trotskismo, Ediciones Península, Barcelona, 1972.

4. Balász Nagy: “Estudios sobre la revolución húngara”, http://www.marxists.de/statecap/index.htm.

5. “La IVe. Internationale”, diciembre 1956, citado por Jean-Jacques Marie: El Trotskismo, Ediciones Península, Barcelona, 1972.

6. Nahuel Moreno: “El marco histórico de la Revolución Húngara”, Revista Estrategia (segunda época), 1957

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