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Por León Trotsky

* Este discurso fue pronunciado en el V aniversario de la Universidad de Sverdiov

A menudo se pretende que la tarea de la instrucción comunista consiste en la educación del hombre nuevo. Estas palabras son un poco vagas, un poco declamatorias, y debemos mostrarnos especialmente atentos para no permitir ninguna interpretación humanitaria informe de la concepción del “hombre nuevo” o de las tareas de la edificación comunista. No hay ninguna duda que el hombre del futuro, el ciudadano de la comuna, será un ser extremadamente interesante y atrayente, y que su psicología (me perdonará el futurismo, pero me gusta creer que el hombre del futuro tendrá otra psicología) será muy diferente de la nuestra. Nuestra tarea actual, desgraciadamente, no puede consistir en educar al ser humano del porvenir. El punto de vista utópico y psicológicamente humanitario es que el nuevo hombre primero debe ser formado y que entonces, él creará las nuevas condiciones. No podemos creer en esto. Sabemos que el hombre es el producto de las condiciones sociales. Pero también sabemos que entre los seres humanos y las condiciones existe una relación mutua, complicada y actuante. El hombre mismo es producto de ese desarrollo histórico y no el menor. Y en esta complicada interacción histórica de las condiciones experimentadas por seres humanos activos, no creamos al ciudadano abstractamente armonioso y perfecto de la comuna; formamos los seres humanos concretos de nuestra época, que todavía tienen que luchar por las condiciones capaces de hacer surgir al ciudadano armonioso de la comuna. Esto es algo muy diferente, por supuesto, por la simple razón que nuestro bisnieto, el ciudadano de la comuna, no es revolucionario.

El “hombre nuevo” y el revolucionario

A primera vista esto parece falso, incluso parece un insulto. Y, sin embargo, es así. La noción de “revolucionario” está imbuida del más alto ideal y de la moral más elevada que hayamos podido heredar de toda la época anterior de evolución cultural. Así, puede parecer que calumniemos a nuestra posteridad cuando no la vemos revolucionaria. Pero no debemos olvidar que el revolucionario es producto de condiciones históricas determinadas, un producto de la sociedad de clases. El revolucionario no es una abstracción psicológica. La revolución en sí no es un principio abstracto sino un hecho histórico material naciente de los antagonismos de clase, de la dominación violenta de una clase sobre otra. Así, el revolucionario es un tipo histórico concreto, y en consecuencia, temporal. Estamos orgullosos de pertenecer a este tipo de hombres. Pero con nuestro trabajo, creamos las condiciones de un orden social donde no habrá antagonismos de clase ni revoluciones, y por ende, no habrá revolucionarios. Es verdad que podemos ampliar el sentido de la palabra “revolucionario” hasta englobar toda la actividad consciente del hombre tensado entre la dominación de la naturaleza y entre la extensión de las conquistas técnicas y culturales. Pero nada nos autoriza a operar semejante abstracción, semejante ampliación sin límites de la concepción del “revolucionario”, ya que no hemos cumplido para nada con nuestra tarea histórica revolucionaria concreta: el derrocamiento de la sociedad de clases. En consecuencia, estamos lejos de la tarea de educación del armonioso ciudadano de la comuna, consistente en formarlo por medio de un cuidadoso trabajo de laboratorio en el curso de un estado transitorio de la sociedad muy poco armoniosa. Tal empresa sería una utopía de una lamentable puerilidad. Lo que queremos hacer son luchadores, revolucionarios, que heredarán y completarán nuestras tradiciones históricas que todavía no hemos llevado a término.

Revolución y misticismo

¿Cuáles son las características esenciales del revolucionario? Hay que destacar que no tenemos derecho de separar al revolucionario de la base social en la que ha evolucionado y sin la cual no es nada. El revolucionario de nuestra época, que sólo puede estar ligado a la clase obrera, tiene sus propias particularidades psicológicas de entendimiento y de voluntad. Si esto es necesario y posible, el revolucionario rompe los obstáculos históricos, recurriendo a la fuerza para realizar su objetivo. Si esto no es posible, entonces hace un giro, hace trabajo de hormiga, y machaca con paciencia y determinación. Es un revolucionario porque no tiene miedo de romper los obstáculos y de emplear la fuerza implacablemente; al mismo tiempo, reconoce el valor histórico. Este es su objetivo permanente, mantener su trabajo, destructivo y creador, en su más alto grado de actividad, es decir, sacar de las condiciones históricas dadas el máximo rendimiento posible para la marcha hacia delante de la clase revolucionaria.

El revolucionario no conoce más que dificultades externas a su actividad y ningún obstáculo interno. Es decir: debe desarrollar en él mismo la capacidad de apreciar el campo de su actividad en todo su contenido concreto, con sus aspectos positivos y negativos, y sacar de esto un balance político correcto. Pero si está impedido internamente por obstáculos subjetivos a su acción, si le falta comprensión o voluntad, si está paralizado por un desacuerdo interno, por prejuicios religiosos, nacionales o corporativos, entonces es, como mucho, un semi revolucionario. Hay demasiados obstáculos en las condiciones objetivas para que el revolucionario pueda darse el lujo de multiplicar las dificultades y los roces de carácter objetivo por otros de carácter subjetivo. Entonces, educar al revolucionario debe consistir, por encima de todo, en franquear estos vestigios de ignorancia y superstición que se encuentran frecuentemente en una conciencia muy “sensible”. Por lo tanto, adoptamos una actitud totalmente irreconciliable frente a todos aquellos que pronuncien una sola palabra sobre la posibilidad de combinar el misticismo y el sentimiento religioso con el comunismo. La religión es irreconciliable con el punto de vista marxista.

Pensamos que el ateísmo, como elemento inseparable de la concepción materialista de la vida, es una condición necesaria de la educación teórica del revolucionario. El que cree en otro mundo no puede concentrar toda su pasión en la transformación de este mundo.

Darwinismo y marxismo

Aun cuando Darwin, como lo declaró él mismo, no perdió su creencia en Dios, a pesar de su rechazo a la teoría bíblica de la creación, el propio darwinismo no es menos inconciliable con esta creencia. En este, como en otros aspectos, el darwinismo es un precursor, una preparación al marxismo. Tomado en un amplio sentido materialista y dialéctico, el marxismo es la aplicación del darwinismo a la sociedad humana. El liberalismo de Manchester ha intentado adaptar mecánicamente el darwinismo a la sociología. Estas tentativas sólo han llevado a analogías infantiles velando una pérfida apología burguesa: los antagonismos observados por Marx estaban explicados como la ley “eterna” de la lucha por la vida. Esto es absurdo. Es solamente la ligazón la que permite comprender el desarrollo vivo del ser en su relación primitiva con la naturaleza inorgánica, en su individualización y su evolución ulteriores, en su dinámica, en la diferenciación de las necesidades vitales en las primeras especies elementales de los reinos vegetal y animal –en sus luchas– en la aparición del “primer” hombre o antropoide, utilizando la primera herramienta –en el desarrollo de la cooperación primitiva asociando los medios– en la estratificación posterior de la sociedad como consecuencia del desarrollo de los medios de producción, es decir, los medios de dominio de la naturaleza, en la guerra de clases, y finalmente, en la lucha por la superación de las clases.

Comprender el mundo desde un punto de vista tan amplio significa emancipar por primera vez la conciencia humana de los residuos del misticismo y asegurarle un firme punto de apoyo. Esto significa estar claramente convencido que, para el futuro, no habrá impedimentos subjetivos a la lucha, sino que los únicos obstáculos y oposiciones existentes son externos y deben ser superados de una manera u otra, siguiendo las condiciones del conflicto.

Hemos dicho muchas veces: “La práctica tiene sus ventajas, al fin de cuentas”. Esto es correcto en el sentido de que la experiencia colectiva de una clase, y de toda la humanidad, rechaza gradualmente las ilusiones y las falsas teorías basadas en generalizaciones apresuradas. Pero se puede decir con mucha razón que “la teoría tiene sus ventajas, al fin de cuentas”, cuando entendemos por esto que “la teoría” engloba, en realidad, la experiencia de toda la humanidad. Vista desde este ángulo, la oposición entre la teoría y la práctica desaparece, porque la teoría no es otra cosa que la práctica correctamente considerada y generalizada. La teoría no puede hacer fracasar la práctica; sino la actitud irreflexiva, empírica y grosera ante aquella. Con el fin de poder hacer una estimación correcta de las condiciones de la lucha, de la situación de nuestra propia clase, debemos tener un método seguro de orientación política e histórica. Este método es el marxismo, o, en nuestra época reciente, el leninismo.

Marx y Lenin, ellos son nuestros guías supremos en el terreno de las investigaciones sociales. Para las jóvenes generaciones, el camino hacia Marx pasa por Lenin. La vía directa se vuelve cada vez más difícil, porque demasiado largo es el período que separa la generación ascendente del genio de aquellos que fundaron el socialismo científico, Marx y Engels. El leninismo es la más alta encarnación y concentración del marxismo para la acción revolucionaria directa en el período imperialista de agonía mortal de la sociedad burguesa. El Instituto Lenin, en Moscú, debe convertirse en una academia superior de estrategia revolucionaria. Nuestro partido comunista está imbuido del poderoso espíritu de Lenin. Su genio revolucionario está con nosotros. Nuestros pulmones revolucionarios aspiran el elevado aire que ha producido el desarrollo anterior del pensamiento humano. Por eso nosotros estamos profundamente convencidos que el futuro es nuestro.

Traducido por Rossana Cortez

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