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Por Elsa Mireya Álvarez Cruz

Se puede asegurar que el machismo no es sólo un concepto que se aplica a los hombres, hay cada vez más mujeres que presentan las mismas actitudes y conductas autoritarias que los varones machistas. Por lo anterior se puede analizar de otra manera este fenómeno, ya no como un rasgo personal sino como una forma de relación interpersonal; ya no como una subyugación explícita de las mujeres, sino como una serie de creencias y actitudes implícitas, ocultas bajo la superficie de la vida cotidiana. 
 Machismo y mujer, suena contradictorio. Sin embargo desgraciadamente no lo es. Muchas mujeres ayudan, defienden, y soportan ciertas actitudes que las minimizan, que las  colocan en una situación de debilidad y son reproductoras de estas diferencias.

Disfrazado de superioridad o de una demostración de afecto, no permitimos que los hombres ayuden en las tareas del hogar. Si se les ve planchando su camisa, se les dice “deja ahí, amor, que yo lo hago” o “sírvele la comida a tu hermano que viene cansado”, entre otros muchos ejemplos.

Las diferencias no se quedan ahí, continuamente podemos escuchar  comentarios discriminatorios de las mujeres hacia mujeres, a una mujer se le condena si demuestra su gusto por el sexo “fulanita es una puta”, cuando en un hombre “no es tan mal visto” ¿y de quienes son las principales críticas? ¡de mujeres! Las diferencias no se quedan ahí, continuamente podemos escuchar  comentarios discriminatorios de las mujeres hacia mujeres, a una mujer se le condena si demuestra su gusto por el sexo “fulanita es una puta”, cuando en un hombre “no es tan mal visto” ¿y de quienes son las principales críticas? ¡de mujeres!

 Se puede asegurar que una gran cantidad de comentarios de las mujeres calificando a otras mujeres está envuelto por un sentimiento de envidia entre ellas, pues la envidia se “esconde” tras una crítica poco inteligente. ¿Cómo condenar el machismo masculino, cuando llevamos una piedra en una mano dispuesta a herir a otra mujer? Machismo y mujer… Parece contradictorio, pero no lo es.

Definición de machismo

El machismo no es sólo un atributo personal, sino básicamente una forma de relacionarse.
No engloba sólo una serie de creencias y conductas individuales: expresa una relación basada en cierto manejo de poder, que refleja desigualdades reales en los ámbitos social, económico y político. Este tipo de interacción no se limita, sin embargo, a la relación entre hombres y mujeres, es el modelo de toda interacción entre partes consideradas desiguales, como patrones y empleados, maestros y alumnos, médicos y pacientes, adultos y niños. Constituye la expresión, privilegiada en nuestra sociedad, del autoritarismo. 

 Esta fórmula nos permite entender por qué, en una sociedad machista, todos son machistas. El machismo es una forma de relación que todos aprendimos desde la infancia y funge, en consecuencia, como la moneda vigente para todo intercambio personal. Quizá no nos agrade, como puede no agradarnos nuestra moneda nacional; pero si queremos vivir en nuestro país, trabajar y relacionarnos con los demás, es la única moneda reconocida en todas las transacciones y en todas las circunstancias. De acuerdo con el ejemplo anterior el machismo seguirá siendo la forma dominante de intercambio en tanto no desarrollemos otras maneras de relacionarnos. Por lo tanto en una sociedad machista todos resultamos víctimas de este tipo de relación, incluyendo a los hombres, lo perciban o no. Por consiguiente, para que el machismo siga existiendo, es necesario que toda la sociedad participe en él. Para que desaparezca, es necesario que toda la sociedad cambie de actitud.

Caracterización

Un rasgo común en las personas machistas es su impaciencia: quieren que las cosas se hagan sin demora, que la gente alrededor cumpla sus deseos sin objeciones, que sus necesidades tengan prioridad sobre las ajenas. Se trata de una incapacidad para posponer la gratificación que es propia de los niños y adolescentes, pero que los adultos aprenden a superar porque la vida misma les va enseñando que las cosas no se dan de inmediato, ni fácil ni automáticamente. El problema es que muchos hombres, en una sociedad machista, han sido rodeados desde la infancia por mujeres dedicadas a atenderlos, a sólo a cumplir sus deseos e incluso a prevenirlos. La madre, hermanas, sirvientas, novias, esposa e hijas les han brindado desde siempre la realización mágica de todos sus deseos. Los niños que han crecido envueltos en esta solicitud permanente llegan a la edad adulta con la convicción profunda de que merecen y tienen derecho inalienable a ese trato, y lo esperan de todo el mundo.

El resultado natural de esta exigencia perpetua es un pobre control de impulsos: la tendencia a actuar sin medir las consecuencias. La actitud de prepotencia que tienen muchas personas machistas, según las cual “yo hago lo que quiera” y “no me importa lo que digan los demás” conduce en muchas ocasiones a actos irreflexivos y egoístas, más propios de un niño mimado que de un adulto maduro.

Estas actitudes perentorias desembocan necesariamente en una falta de empatía, una incapacidad para tomar en cuenta a los demás. Las personas machistas no toleran ser contrariados, y en muchas ocasiones se niegan a escuchar opiniones distintas. Esto suele manifestarse como necedad (“no me importa lo que piense la gente”), aburrimiento (“ya sé lo que va decir”) o bajo la forma de un autoritarismo simple (“yo soy el que manda aquí”).

Esta incapacidad de asimilar, o de imaginar siquiera, otros puntos de vista tiene consecuencias personales y sociales inmensas. 

En primer lugar, cancela toda posibilidad de negociación: si la opinión ajena es irrelevante, entonces el único propósito de todo diálogo es convencer al otro de la opinión propia. Por ello es inútil discutir con una persona machista: sus razonamientos “lógicos” se reducen a una mera reiteración de su punto de vista inicial.
En este sentido, la falta de empatía impide la resolución de los conflictos interpersonales. Asimismo, genera malentendidos continuos: la persona que no escucha interpreta equivocadamente a los demás con enorme frecuencia. Además, los machistas tienden a considerar el desacuerdo como una ofensa: en una formulación clásica, “si no estás conmigo es que estás en mícontra”. Por todo ello, el machismo contribuye a una agresividad generalizada e innecesaria, al convertir sistemáticamente las diferencias en conflictos. En segundo lugar, esta dificultad para ponerse en el lugar de los demás inhibe la cooperación. Si uno considera, o espera, tener siempre la razón, el trabajo en equipo se vuelve prácticamente imposible. Si el punto de vista de los demás es irrelevante, entonces lo único que queda es imponerse a ellos. Y si todos los (o varios) integrantes de un grupo de trabajo o estudio están acostumbrados a pensar así, entonces pasarán sus reuniones disputándose el liderazgo en lugar de dedicarse a la tarea común. Podemos observar estas dinámicas muy a menudo en nuestra sociedad, cuando varias personas intentan integrar un equipo o llevar a cabo un proyecto compartido.

En tercer lugar, considerar que los deseos, las necesidades, los sentimientos y pensamientos propios son los únicos importantes, prácticamente excluye la posibilidad de subordinarse al bien común. Si lo único que cuenta es la comodidad personal, entonces no hay ninguna razón para no estacionarse en doble fila, tirar la basura en los lugares públicos o prender el estéreo a todo volumen a las tres de la mañana. La imposición de los intereses propios sobre los de los demás es un corolario de la incapacidad para postergar la gratificación, controlar los impulsos y tomar en cuenta la situación de los demás. El machismo promueve toda esta constelación de conductas y actitudes, y constituye por lo tanto un serio obstáculo al desarrollo de la conciencia cívica en nuestra sociedad. 

El femichismo

En un ensayo titulado “Femichismo”, el escritor hondureño Julio Escoto realiza una crítica abierta a un feminismo que nos propone, por así decirlo, voltear la tortilla para que el otro lado se queme también. El machismo es un fenómeno cultural, un sistema jerárquico discriminatorio a favor de un género en particular, sustentado en la mentalidad tanto de hombres como de mujeres, el cual recurre muchas veces a la violencia de género y familiar para mantener su hegemonía. Este sistema está basado en múltiples complejos e ideas poco coherentes. Algunos movimientos feministas en vez de promover un sistema más equitativo mediante la educación libre, parecen contentarse, simplemente, con cambiar el género dominante de esta precaria jerarquía social.

 Finalmente debemos comprender que el machismo masculino no va a terminar, si no aniquilamos primero al machismo femenino. Hay que reconocer que somos las principales responsables de la educación de nuestros hijos e hijas.

Hombre
 ¿Cómo enseñar el respeto por las mujeres y el derecho a la equidad si en casa y en el trabajo se percibe lo contrario? Si nosotras permitimos o fomentamos las diferencias entre mamá y papá, maestras y maestros,alumnas y alumnos.

 ¿cómo se lograra una relación con derechos y obligaciones igualitarias?

 No hay que instalarse en el papel de victimas y permitirlo. Tampoco es una guerra de sexos. La propuesta es el fomento al respeto mutuo, el amor correspondido, el ser la media naranja… ¡no la cáscara! Debemos aprender que somos tan diferentes como iguales, tan complementarios como independientes, entonces…
Los valores de la democracia, como la inclusión, el respeto a la diversidad, el debate abierto y el análisis crítico, dependen de relaciones sociales basadas en la equidad, no en la subordinación. Por consiguiente, lo que está en juego, va mucho más allá de la relación entre los sexos. 

Bibliografía
Castañeda, Mariana (2002). “El machismo invisible: un enfoque interpersonal”. Este País
núm. 133. México, abril de 2002, pp. 50-55
Portantiero, Juan Carlos. “La hegemonía como relación educativa. En torno a Antonio 
Gramsci”, en Las dimensiones sociales de la educación. Antología de María
Ibarrola Nicolín. México, SEP, 1985 (Biblioteca Pedagógica), pp. 41-60
Ocampo Jiménez, Alicia. “La lucha de las mujeres en el siglo XXI”, www.mujernueva.org

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