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“Un milímetro de diferencia en la teoría, se transforma en kilómetros de distancia en la política”. (Lenin)

Por: Laura Requena (Secretaría estatal de Mujer de Corriente Roja)

La lucha contra la opresión machista se hace más necesaria que nunca

Hoy, la violencia contra la mujer en la sociedad capitalista en crisis adquiere formas y proporciones de “barbarie”, y a las mujeres, nos están arrebatando los pocos derechos de igualdad conseguidos. Por esta razón, la lucha por los derechos de la mujer y contra toda forma de opresión vive un nuevo resurgir y adquiere cada vez más importancia.

Pero para nosotras la lucha por la liberación de las mujeres no parte de los mismos presupuestos que los de los movimientos feministas y tampoco de las distintas teorías feministas que surgieron al calor del movimiento de mujeres de los años 60-70 (lo que se dio en llamar la segunda ola feminista). Los marxistas revolucionarios, en tanto que luchamos por un mundo sin explotación ni opresión de ningún tipo, somos acérrimos defensores de las luchas de las mujeres por la igualdad, pero no tenemos acuerdo con estas teorías, ni en su programa ni en su estrategia. Nuestras diferencias se podrían resumir en dos aspectos fundamentales: El concepto de “patriarcado” y el sujeto social y político para acabar con la opresión a las mujeres

La causa de la opresión a la mujer: “El patriarcado”

Aun teniendo en cuenta las diferencias programáticas que existen entre el feminismo burgués o institucional, el feminismo radical y el feminismo anticapitalista o socialista, para todas las teorías feministas, la causa de la opresión de las mujeres en todo el mundo es el patriarcado. No existe una, sino distintas definiciones del patriarcado, lo cual complica la cosa bastante y no es objeto de este artículo explicar y desarrollar las distintas formas en que este ha sido definido, aunque sí es posible dar una definición que es general a todas ellas. Antes de eso, sin embargo, hay que decir que hoy día, precisamente por influencia del feminismo, existe una definición digamos “coloquial” o “común” del término en la izquierda, con la que tenemos acuerdo y en la que se habla de patriarcado para referirse a que estamos en una sociedad machista que es violenta, opresiva y discriminatoria para las mujeres en todos los ámbitos tanto de la vida pública (mercado de trabajo, medios de comunicación, política, educación..) como en la privada (familia, relaciones de pareja). El machismo no es una conducta individual de unos pocos que deben ser “reeducados” sino que se perpetúa a través de las instituciones sociales, de la ideología y la cultura. Se habla también de “familia patriarcal” en el sentido de familia clásica, autoritaria donde el padre es el que manda y los demás miembros de la familia obedecen.

Igualmente se entiende comúnmente por “feminista” como aquella persona que lucha por la igualdad (igualdad real y no formal o jurídica como existe en el capitalismo entre hombres y mujeres). Entendido así, nuestro partido aspira a ser el más “feminista” de todos porque luchamos por un mundo donde todas seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres.

Si nuestras diferencias fueran solamente en el uso coloquial de los términos, no habría gran problema. El problema es que tienen también un componente teórico que fue acuñado por las distintas teorías feministas. Como explica Florence Oppen, para el feminismo radical el patriarcado sería: Una estructura social o sistema de estructuras sociales en la que TODOS los hombres dominan y/o explotan a TODAS las mujeres. La opresión a las mujeres sería según esto, un problema social derivado de la desigualdad con que todas las sociedades han tratado a ambos “géneros”.

La noción del patriarcado y de la teoría de los géneros, supone que no serían las clases sociales, sino los géneros, la categoría central, determinante.

Las feministas radicales y las socialistas van a coincidir en la utilización del patriarcado como categoría explicativa. En lo que no coinciden es en la supuesta universalización del sistema patriarcal que mantienen las primeras. Como señala Cecilia Toledo, “el sector del feminismo que se dice marxista acostumbra a dar la misma importancia a la situación de clase de la mujer obrera y su condición de oprimida”. Para el feminismo socialista, capitalismo y patriarcado son sistemas paralelos pero interdependientes, y así hablan a veces de “patriarcado capitalista” y otras de “capitalismo patriarcal”

Para nosotras está fuera de toda duda que la opresión a la mujer existe desde hace miles de años. Pero eso no es argumento suficiente para postular la existencia de una estructura social, ahistórica e independiente a los distintos modos de producción y las distintas formaciones sociales, ni tampoco de dos sistemas paralelos.

La explicación de la opresión desde el marxismo

Desde una comprensión materialista y dialéctica de la historia que es la que lleva a cabo el marxismo, la opresión machista siempre estuvo al servicio de determinados intereses materiales de la clase social dominante y en función del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas que alcanzó dicha sociedad. Para el marxismo toda cuestión cultural es derivada de una forma u otra, del modo de producción dominante. Los géneros o las formas simbólicas en que se expresa “lo masculino y lo femenino” o los sexos en cada sociedad, son construcciones culturales, y por tanto cambiantes, aunque muy reales. Tal y como dice Florence Oppen, son construidas y difundidas “en función de determinados tipos de relación social y sirven a un determinado modo de producción y distribución, la forma como se produce y reproduce la sociedad”. Históricamente la opresión a la mujer no se dio de forma independiente, sino al servicio de mantener la explotación. Y por eso para nosotras la sociedad no se estructura en géneros sino en clases sociales. “Son las relaciones de clase- señala esta autora- las que emergen como dominantes y deciden en última instancia qué opresiones son necesarias y cuales prescindibles en cada momento y qué dimensión pueden tomar”.

Los descubrimientos antropológicos permiten afirmar que el origen de la opresión de la mujer (apartando a esta de la producción, controlando su sexualidad etc…) no hay que buscarlo ni en las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, como una fuerza física mayor de los primeros, ni en una tendencia innata del hombre para dominar a las mujeres, ni en una primitiva división sexual del trabajo. Sharon Smith explica que la opresión de las mujeres no ha existido en todas las sociedades humanas y existen evidencias históricas que demuestran que muchas culturas tenían “una rígida división del trabajo entre los sexos y sin embargo las mujeres eran iguales a los hombres, con completa autonomía sobre sus propias responsabilidades y poder de decisión dentro de la sociedad en su conjunto”.

Su origen hay que buscarlo en el surgimiento del excedente agrícola hace aproximadamente unos 10.000 años, a partir del uso del arado y métodos avanzados de riego y la apropiación de dicho excedente por parte de unos pocos hombres. Y se consolidó posteriormente con la aparición de la propiedad privada de los medios de producción y el esclavismo como primera forma de explotación en las sociedades asiáticas que fueron las primeras sociedades de clases.

En su famosísima obra: “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, Engels presupone una primitiva división del trabajo entre los sexos en el seno de las sociedades comunistas primitivas, donde la división de tareas entre hombres y mujeres obedecía a necesidades prácticas, y en absoluto significaba la dominación de un sexo sobre el otro. Para él: “la abolición del derecho materno fue la gran derrota del sexo femenino. Con esto quería indicar que hubo en la historia otros estadios del desarrollo de la humanidad en que las mujeres no fueron oprimidas. Señala también, y ningún estudio serio lo ha podido desmentir, que la monogamia como forma de familia se instituyó con el surgimiento de la propiedad privada. Es decir, que los modos de producción fundados sobre la propiedad privada, esclavismo, feudalismo y capitalismo, han mantenido este tipo de organización familiar (monogamia), con características distintas, siendo la familia patriarcal propia de los dos primeros.

Para Florence Oppen, la familia patriarcal “se caracterizó por el aumento de la autoridad y del poder del padre de familia sobre el grupo y la incorporación de miembros dependientes y serviles en esta estructura de dominación”. Formaban parte de la misma no sólo el jefe de familia, su(s) esposa(s) y descendientes legítimos, sino también el conjunto de esclavos y esclavas a su servicio”, con el derecho de vida y muerte sobre todos ellos por parte del padre. De hecho, familia viene de “famulus” que significa esclavo doméstico.

Según Gerda Lerner, hoy sabemos que parte de la información etnográfica en la que Engels basó sus generalizaciones tenía las limitaciones de la época. No existió una formula única y un único modelo de la división sexual del trabajo, sino que el trabajo concreto realizado por hombres y mujeres difiere muchísimo según la cultura y dependió del nivel de desarrollo de sus fuerzas productivas. Pero aun así, también esta historiadora, autora del libro “El origen del patriarcado” y fallecida en 2013, sostiene que “la primera división sexual del trabajo por el cual las mujeres optaron por unas ocupaciones compatibles con sus actividades de madres y criadoras, fue funcional y por consiguiente aceptada a la par por hombres y mujeres”. Ella, a diferencia de Engels, propone como hipótesis que “la apropiación por parte de los hombres de la capacidad reproductiva y sexual de las mujeres ocurrió en algunos lugares incluso antes de la formación de la propiedad privada y de la sociedad de clases, ya que “en cualquier sociedad conocida los primeros esclavos fueron las mujeres de grupos conquistados”.

Por su parte Sharon Smith igualmente apunta que “obviamente, todas las sociedades en todo el mundo no experimentaron una sucesión idéntica de los cambios en el modo de producción”.

Pero lo que es indiscutible es la relación entre la aparición de la sociedad de clases, con la propiedad privada sobre los medios de producción y la degradación de la mujer. Según Pepe Rodriguez: “Friederich Engels al escribir su brillante y revolucionaria obra, texto de referencia obligada para quienes se interesan por estas cuestiones, ya en 1884 tuvo la perspicacia de ver- y el valor de hacerlo notar-que en el periodo de formación de los primeros estados, los cambios en la estructura del parentesco influyeron en la división del trabajo y en la posición social de subordinación de las mujeres; que hubo un hilo conductor que relacionó los primeros pasos de la propiedad privada con el establecimiento del matrimonio monógamo y de la prostitución y que el dominio económico y político del varón conllevó el control de la sexualidad femenina”.

El papel de la familia en el capitalismo

El surgimiento histórico de la familia significó como hemos dicho, la monogamia y la heterosexualidad obligatoria solo para las mujeres, su aislamiento y pérdida del poder político y social que tenían antes y su alejamiento relativo de la producción. La familia como institución nació con un único propósito: Transmitir la propiedad privada en forma de herencia de una generación a la siguiente. Las raíces de la opresión al colectivo LGTBII también se encuentran en la imposición social posterior de la heterosexualidad como “norma”.

El capitalismo y la gran industria produjeron una modificación sustancial en la familia patriarcal al colocar a las mujeres y los niños, como fuerza de trabajo asalariada y por tanto objeto de explotación directa, junto con los hombres. Destruía de esta manera la familia patriarcal como unidad productiva. Evidentemente con este cambio y ante el hecho de que el propio capitalismo no socializó las tareas propias de la reproducción y las ligadas a ella (trabajo doméstico) conserva lo que de la familia patriarcal le es útil: la opresión a la mujer.

La incorporación de la mujer al trabajo productivo por tanto, no se ha traducido en igualdad con los hombres sino en una doble explotación y opresión. La gran industria creó las nuevas bases económicas para la independencia femenina, pero en la práctica mantuvo y profundizó las desigualdades entre hombres y mujeres, sobre todo económicas. Aunque el socialismo científico entendió desde el principio que la base fundamental de la emancipación femenina, era su independencia económica frente al hombre y su incorporación al proceso productivo como forma de acabar con el aislamiento y la opresión machista, bajo el capitalismo no sólo la emancipación total de las mujeres sino del ser humano en general, es imposible. No sólo la relación entre sexos, sino que TODAS las relaciones en general se deshumanizan.

Actualmente el capitalismo utiliza la opresión a la mujer para sobreexplotar a la mitad de la clase trabajadora (llegando incluso a convertirla en mera mercancía sexual a través de la altamente rentable industria del sexo) y para DIVIDIRLA. Mantiene y preserva la familia en todas las clases sociales, al servicio de sus propios intereses. La familia tiene un papel económico fundamental, como unidad de consumo, para garantizar la herencia de la propiedad privada, sobre todo en el caso de la familia burguesa, y para asegurar la reproducción de la fuerza de trabajo en el caso de las familias trabajadoras, contribuyendo así a la opresión de la mujer en su papel de “esclava doméstica” y de “ejército industrial de reserva”. Al mismo tiempo y contradictoriamente, destruye o atenta contra estas últimas familias cada día, al empeorar sus condiciones materiales de vida (falta de viviendas dignas, desempleo o precariedad con cada vez más bajos salarios, escasos servicios de salud, educación, ocio y recreación…).

Pero para el marxismo, la división decisiva en la sociedad no es la división entre trabajo doméstico o de cuidados y producción social como postula el feminismo, sino la división entre explotados-as y explotadores-as. El trabajo doméstico al igual que otros muchos trabajos necesarios dentro del sistema capitalista, si bien sirve a los capitalistas para aumentar su tasa de ganancia, no es un trabajo productivo puesto que por sí mismo no genera plusvalía.

Es por eso que para nosotras la solución no pasa- como plantean muchas feministas- por un salario para el trabajo doméstico ni por un reparto igualitario del trabajo doméstico y de cuidados dentro de la familia, aunque estemos a favor de esta medida de forma transicional para mitigar el sufrimiento de la mujer, sino porque la familia deje de ser el lugar donde estas tareas se lleven a cabo de forma privada para beneficio de la clase capitalista. Esto significa su “socialización” no sólo mediante un sistema público de salud, educación y distintos servicios sociales, sino también creando lavanderías, comedores públicos etc., que se conseguirían en una sociedad socialista ya que no es posible hacerlo en el seno de una sociedad capitalista con economía de mercado, que cada vez reduce más el gasto público y los servicios sociales y donde el valor de la fuerza de trabajo se mide por su valor de cambio en el mercado.

Por tanto las llamadas “políticas de género” aún siendo importantes para paliar o mitigar los efectos de la opresión machista, no pueden acabar con ella puesto que no combaten la causa material, verdadera raíz de que se mantenga y se agrave cada día la opresión a la mujer.

Bibliografía:

  • “Género y Clase”. Cecilia Toledo. Ediciones Marxismo Vivo.
  • “El feminismo radical y el surgimiento de las Teorías del Patriarcado. Un punto de vista marxista”. Florence Oppen . Marxismo Vivo   nº 7.
  • “La creación del Patriarcado”. Gerda Lerner.

( https://docs.google.com/file/d/0B0Xs0-OJhNGfMVlSSGd0Z1I2Wms/edit?pli=1)

  • “Dios nació Mujer”. Pepe Rodriguez. Editorial Punto de Lectura.
  • “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”. Friederich Engels.

(https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/origen/el_origen_de_la_familia.pdf)

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