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Por Aïssata Maïga

La idea de que el numero de violaciones disminuiría gracias a la prostitución es herencia del medioevo. (San Agustín y colegas). La prostitución de una clase de mujeres (inferior) existiría para proteger a otra clase de mujeres (superior). Esta idea está ampliamente extendida porque beneficia a los sistemas dominantes íntimamente vinculados en los cuales vivimos, a saber patriarcado y neoliberalismo. Mas allá de una dualidad, esta idea más bien promueve un sistema jerárquico donde los hombres (arriba) compran mercadería-hembra (abajo) para satisfacerse, lo que garantizaría la seguridad de las mujeres honorables (en el medio).

Esta creencia resiste aun si conocemos los mitos que la sostienen. Los resultados de décadas de análisis y de investigación feminista prueban que la violación es cometida por un conocido en 75% de los casos, padre, hermano, pareja o marido, colega… en un contexto donde la victima inicialmente tenía confianza en el agresor. Y donde el agresor utilizó esta confianza como un medio adicional de presión y para atacar y luego silenciar a su víctima. Algunas de esas mujeres violadas, “preparadas para más violencias”, pasarán después una parte de sus vidas en la prostitución, donde seguirán siendo violadas por los prostituyentes, los famosos “clientes”.

Esta idea o más bien esta mentira literalmente medieval, sirve para ocultar un hecho muy documentado pero menos conocido, ya que pondría en peligro la rentabilidad de la industria del sexo y los intereses de la clase dominante: que la existencia de la prostitución aumenta el numero de violaciones. La prostitución y la violación de todas las mujeres están en el corazón del sistema de explotación prostitucional y es vital tomar conciencia y difundirlo.

Aumento de las violaciones de mujeres prostituidas.

La prostitución es una “actividad” violenta en si misma. En las otras “actividades profesionales” donde la empleada corre tanto riesgo de ser golpeada, violada o asesinada en “el ejercicio de sus funciones”.

Las mujeres prisioneras del sistema prostitucional son víctimas de numerosas y repetidas violaciones. Fomentar ese “trabajo” significa aceptar esas violaciones como normales. Un estudio de 200 jóvenes mujeres prostituidas (menores) en San Francisco, estableció que 70% de ellas son violadas en promedio 31,3 veces por año por los prostituyentes. Un estudio de sobrevivientes de la prostitución daba cifras aún mas alarmantes, las mujeres interrogadas informan en promedio 103 violaciones por año (p 453). Ademas, eran sometidas a 53 sesiones de tortura filmadas – invitamos a los defensores de la pornografía como libertad de expresión a recordar esta cifra.

En los países que legalizaron la prostitución y le permiten prosperar, muy lógicamente más mujeres son violadas. Los prostituyentes se dirigen a criminales convertidos en hombres de negocios, y estos suministran mujeres para cumplir sus “fantasías” violentas y prefabricadas por la pornografía. En Alemania, los encargados de prostíbulos han aprovechado la oportunidad de la legalización para importar mujeres pobres para explotarlas, de 200 000 en 1999, eran 400 000 solamente dos años después de la legalización.

Legalización de prostíbulos= explosión del riesgo de violación

La prostitución callejera es menos peligrosa que la prostitución en “prostíbulos”. Aun si la industria del sexo afirma que los prostíbulos permiten control, higiene y seguridad, de ninguna manera habría que olvidar la verdadera función del burdel, que ciertamente no es garantizar la higiene, ni garantizar un “trabajo” en un lugar protegido para las mujeres sino de poner esas mujeres y niñas a la disposición de hombres que pagan para imponerles actos sexuales, en un lugar que funciona con el dinero del prostituyente. El encierro les quita toda posibilidad de escape y de defensa. Haciendo la comparación con una mujer víctima de violencia conyugal, comprendemos fácilmente que está en mayor peligro encerrada en su casa y a la merced de un cónyuge violento, que no duda ni un instante de su derecho de control sobre ella. Por ejemplo, la ONG peruana Viva Mujer comenzó un trabajo de sensibilización, reuniendo cartas de excusas de hombres suplicando a su compañera que vuelva – para terminar de destruirlas.

Pero el mismo razonamiento es difícil de admitir cuando se trata de mujeres prostituidas. ¿Como una mujer podría estar en seguridad en un lugar cerrado, a la merced de varios hombres que se creen dueños de todos los derechos sobre su cuerpo y decidieron hacerla padecer su violencia sexual? Los testimonios de agresiones y violaciones en los establecimientos “limpios” y “de alto nivel” no faltan, sin que un benévolo “encargado” intervenga para ponerle fin.

Finalmente, no olvidemos la violencia económica inherente a los prostíbulos, lugares de explotación económica, donde las mujeres deben “atender” decenas de hombres para devolver el alquiler y pagar al proxeneta, antes de poder “ganar” su primer dinero.

En el sistema prostituyente los hombres esperan que las mujeres estén todas en venta. Un estudio demostró que los hombres que compran mujeres cometen muchos más crímenes en general que los no compradores de sexo. Y que todos los crímenes que tienen elementos de violencia contra las mujeres habían sido cometidos por prostituyentes. Un estudio sudafricano pone de relieve la relación entre violación y prostitución: los hombres con una visión comercial de las mujeres tenían puntajes más altos cuando se median sus tendencias psicopáticas y su misoginia, eran todos netamente más violentos sexualmente y físicamente hacia las mujeres.

Esos hombres que “aman el sexo”

Cuando exponemos las motivaciones de los hombres compradores, su odio a las mujeres no tarda en aparecer. Detrás de los discursos de “necesidades sexuales irrefrenables” y “respeto de las trabajadoras sexuales”, la mayor parte de los clientes exigen relaciones donde se niega la humanidad del otro.

Se dicen nostálgicos de las relaciones hombre-mujer a la antigua, de la complementaridad donde cada uno estaba en su lugar (y las mujeres abajo, sin sorpresas), y estas no tenían pretensiones de independencia ni posibilidad de negarse a nada (ni hablar a una relación sexual). Con tal sistema de valores, no hay ninguna razón para que los clientes “limiten” su violencia hacia las mujeres prostituidas, cuando pueden prostituyen ademas a sus cónyuges y paralelamente las someten a un infierno de violencia conyugal.

Actitudes colectivas

Los prostituyentes son siete veces más numerosos en decir claramente que violarían a una mujer si pudieran quedar impunes (Melissa Farley, sobre un estudio de 800 hombres). En el informe Deconstructing the Demand, el 27% respondió a los investigadores haber cometido actos sexuales coercitivos (o en otros términos, una violación que se negaban a nombrar) contra una mujer no prostituida, y el 19% admitió explícitamente haber cometido una violacion. En Escocia el 54% de los prostituyentes admite ser violento sexualmente con su compañera.

Evidentemente el 50% piensa que la idea de que una mujer en la prostitución pueda ser violada es “ridícula” (misma fuente) y adhieren a todos los demás mitos sobre la violación (estaba borracha, en falda, sola de noche, etc). Esto puede parecer obvio pero hay que recordar que la aceptación de los mitos sobre la violación tiene una gran importancia cuando nos interrogamos sobre la violencia contra las mujeres. Los violadores (sin sorpresas) creen firmemente en los mitos sobre la violación, pero también se sienten reconfortados cuando perciben que su entorno también lo acepta – de allí el inmenso peso del sistema prostitucional en la mentalidad colectiva y la violencia ejercida contra las mujeres.

Los hombres que compran sexo transfieren sus exigencias sexuales a las mujeres no prostituidas (relaciones violentas, humillantes). El rechazo de una mujer no prostituida a someterse llevará a la furia y posiblemente a la agresión. La Jonquera, situada en la frontera española, tiene una cultura donde los hombres son ampliamente incitados a recurrir a la prostitución. Las mujeres no prostituidas sufren una intensa presión para “ofrecer las mismas prestaciones” que las mujeres explotadas al otro lado de la frontera. La Jonquera es a menudo descrita como una zona de no-derechos para las mujeres; mientras hacían un reportaje dos periodistas han informado un alto nivel de acoso constante y permanente en la ciudad.

Pornografía : “cuando tu violación se convierte en distracción, tu destrucción es absoluta”. (Dworkin)

En los Estados Unidos, la correlación entre los estados donde circula más pornografía y el numero de violaciones está establecida. El estado de Nevada, donde la prostitución es legal, se registran más violaciones que el promedio nacional (Rapport du FBI Uniform Crime Report) y mucho más que en estados más poblados como California, Nueva York o Nueva Jersey.

La pornografía y la prostitución son dos vasos comunicantes. Los hombres utilizan la pornografía para imponer sus “fantasías” a las mujeres en la prostitución, que son en realidad un sistema ritual de tortura sexual más que la expresión de una fantasía individual ; mientras que las mujeres prostituidas son utilizadas para la producción de pornografía. Pero la imagen es inexacta. Allí donde un vaso comunicante es hermético, la violencia generada por el consumo de la pornografía se extiende a todas las mujeres mientras los hombres en su entorno la consumen. Cientos de miles de mujeres son brutalizadas para el placer del público masculino, que busca reproducir los mismos actos con sus cónyuges o “conquistas”.

Una mujer de 23 años, de la generación que ha crecido con la pornografía habla en un articulo de un nuevo fenómeno: todas las jóvenes de su edad que ella conoce han sido sometidas a actos violentos y degradantes imitando el porno. con o sin su consentimiento e inclusive mientras dormían.

Un meta-análisis de 46 estudios de 12 300 personas sobre los efectos de la pornografía en las actitudes, las agresiones sexuales, las relaciones íntimas, y la adhesión a los mitos sobre la violación demuestra lo siguiente: la exposición a la pornografía aumenta los riesgos de agresión sexual (+22%), degrada considerablemente las relaciones íntimas con las mujeres y refuerza la adhesión a los mitos sobre la violación (+33%).

Estas cifras que prueban que se favorece el pasaje al acto, no son alentadoras en una sociedad donde 1 mujer sobre 4 ha padecido una agresión sexual. La llegada del porno, accesible, anónimo y gratuito, también va de la mano de la multiplicación de violadores menores de edad.

La pornografía también es una estrategia bien establecida de los agresores. Un estudio francófono del Centro Hubertine Auclair recuerda que consumo de pornografía y agresión sexual no son dos comportamientos distintos, aun si a las víctimas les cuesta establecer el vinculo y aclara como pornografía y violación interactúan de cuatro maneras diferentes:

Hacer padecer a la víctima un entorno pornográfico a partir de la elección del vocabulario porque los agresores utilizan eufemismos (“inclinación”, “tendencia sexual”, “aliviarse” …). Todos términos utilizados para designar delitos mayores y crímenes […] que apuntan a impedir que la víctima pueda identificar la violencia.

Utilizar pornografía previamente a la agresión: el agresor muestra pornografía a la víctima justo antes de atacarla o durante el ataque para ponerla en estado de shock, quitándole toda capacidad de defenderse.

Aniquilar las resistencias de la víctima [cuando] los agresores muestran a las victimas imágenes o películas pornográficas para habituarlas a la violencia, hasta que ésta […] sea admitida. El objetivo del agresor es convencer a la víctima de que lo que ella padece es normal, aumentar su umbral de tolerancia a la violencia […]. El agresor pone a prueba las defensas de su futura víctima y cuando aniquila su capacidad de resistir, la ataca.

Implicar a la víctima en la agresión […] cuando los agresores hacen participar activamente a las victimas a su propia violación. El destino del material filmado durante las agresiones siempre genera angustia a las víctimas. Implicar a la victima […] permite guardar el secreto, mantener un control a distancia sobre la victima y silenciarla.

Está claro que la preocupación por la existencia de la pornografía, que feministas ya habían planteado en los años 70, y que percibimos de forma a veces confusa cuando estamos expuestas, de una manera u otra, a la violencia masculina, es fundada. Entonces decimos que la pornografía crea un ejército de violadores.

El neoliberalismo hizo retroceder el debate sobre la explotación sexual a una época que creíamos finalizada; con la idea de una clase de mujeres que se supone “protegen” a otras respondiendo a los “deseos sexuales masculinos”. Para dichas mujeres, la violación es un “riesgo del oficio”. Increíblemente, en un sistema que reduce a los individuos a su precio, debemos repetir constantemente que las mujeres prostituidas no son menos “apreciables” que las otras mujeres.

En cuanto a los hombres, lejos de ayudarlos a controlar “sus pulsiones”, el acceso a la prostitución los transforma profundamente. Los alienta a considerar a todas las mujeres como un botín de caza, refuerza su adhesión a los mitos sobre la violación y justifica la violencia masculina.

Por más infame que parezca, muchas personas solo reaccionan a los actos de violación si se trata de mujeres no prostituidas. Si la prostitución es la expresión suprema de la violencia masculina, que combina expresión de poder, violencia física y económica, entonces pone en peligro a todas las mujeres.

La prostitución es por naturaleza explotadora, peligrosa, degradante para las personas y para la sociedad en su conjunto. Entonces es obvio que la tolerancia y la reglamentación, lejos de “canalizar las pulsiones”, participan en un movimiento general de violencia contras las mujeres, todas las mujeres. Cuando adherimos de forma colectiva a los mitos sobre la prostitución y la violación, sancionamos a nivel del estado, estimulamos a nivel comercial, normalizamos esta violencia, definiéndola como inevitable en vez de como un mal que gangrena al conjunto de la sociedad.

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