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Pilar Aguilar

Analista de ficción audiovisual y crítica de cine. Licenciada en Ciencias Cinematográficas y Audiovisuales por la Universidad Denis Diderot de París.
Lee el blog de cine de Pilar Aguilar: http://pilaraguilarcine.blogspot.com.es

Cuando alguna mujer suelta una barbarie machista, siempre se oyen voces que replican: “Es que, en esto del machismo, las mujeres son peores que los hombres”. Y no. Claro que hay mujeres que tienen asumidísimos los valores patriarcales y los defienden a capa y espada, pero digo que no porque, para empezar, ese planteamiento de “ser mejores o peores” no es un planteamiento político y no es, por lo tanto, el nuestro.

No estamos en una película de “buenos y malos” sino en una sociedad que tiene una determinada estructura. Estructura que conlleva una rígida división entre hombres y mujeres y que viene acompañada del sometimiento de éstas a aquellos. Las mujeres en su conjunto (incluso en las sociedades donde hemos alcanzado mayores cotas de igualdad) ocupan un lugar subalterno, han de gustar a los hombres, han de cuidarlos, sufren violencia, abusos, ninguneo, tienen peores salarios, menor calidad de vida, etc. etc.

Y sí, claro, siempre ha habido mujeres que han asumido y transmitido los valores patriarcales. Hasta hace cuatro días, muchas ni siquiera imaginaban que fuera posible un estado distinto al de la sumisión en el que ellas, a su vez, habían sido educadas. Nos transmitían esas normas –pues eran ellas las encargadas de hacerlo- no porque, después de pensarlas y analizarlas, las consideraran estupendas ni porque ellas mismas se sintieran satisfechas sino porque ni siquiera podían creer que otro mundo fuera posible.

siempre ha habido mujeres que han asumido y transmitido los valores patriarcales. Hasta hace cuatro días, muchas ni siquiera imaginaban que fuera posible un estado distinto al de la sumisión en el que ellas, a su vez, habían sido educadas.

Y, sí, por supuesto, en esa transmisión y adiestramiento, las había y las hay más o menos feroces o rígidas. Con todo, no perdamos de vista que no son las mujeres quienes han creado tales normas ni quienes se benefician.

Pero ahora encontramos un nuevo modelo de defensoras de los valores y normas patriarcales. Yo las califico abiertamente como peligrosas y repugnantes.

Se presentan a sí mismas como feministas y supermodernas. Sus ímpetus propagandísticos toman dos sendas:

A) Convencernos de que hemos de hacer lo de siempre pero, ojo, porque nosotras queremos. Porque elegimos y deseamos ser putas, esclavas de las necesidades de otros y sumisas. Una amiga ha escrito estos doce mandamientos de la “nueva mujer empoderada”:

  1. Me encanta ir al gimnasio para mantener mi figura.
  2. Me encanta pasar hambre para no engordar.
  3. Me encanta aplicarme cremas cada noche y cada mañana.
  4. Me encanta usar zapatos de tacón de 10 cm (por lo menos).
  5. Me encanta ir con ropa ligerita cuando hace frío.
  6. Me encanta ir a la pelu para que me quiten o me pongan ondas, mechas o tintes.
  7. Me encanta depilarme el pubis y las axilas.
  8. Me encanta maquillarme.
  9. Me encanta llevar pantalones muy, muy ceñidos.
  10. Me encanta poner posturitas adorables para salir bien en las fotos.
  11. Me encanta agradar todo el tiempo.
  12. Me gusta vender mi imagen y conseguir dinero usando mi cuerpo.

Resumen: todo esto me encanta y lo hago porque soy libre…

B). No negar que sufrimos violencia y acoso pero reconocer que es, en gran medida, culpa nuestra y que, además, somos una especie de jauría ávida de sangre que aprovechamos la más mínima para lanzarnos contra los pobres hombres. Que sí, que alguno malo hay, pero que lo nuestro es muy vil, mucho.

Así, ante la campaña “Yo también”, “Moi aussi”, “Me too”, las defensoras “feministas” del patriarcado se ven obligadas a advertirnos de los excesos en los que caemos, las injusticias y arbitrariedades que cometemos. O sea, en una palabra: lo malas que somos.

Por ejemplo, Marta Lamas, desde México, escribe:

“Entreveo a una generación de jóvenes feministas, hartas de una violencia sexual que aumenta reaccionar enardecidas con odio e intolerancia”. A ver, jóvenes feministas mexicanas, dos preguntas: ¿la violencia sexual no aumentará por vuestra culpa? y ¿no os parece muy feo eso de odiar y ser intolerantes? En México, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (que seguro se quedan cortos), fueron asesinadas 26.267 mujeres entre el 2000 y el 2014, o sea, cinco diarias, pero, ojo, seguro que los asesinos no actuaron con odio ni intolerancia. Vosotras, sí.

Y sigue Marta: “Ciegas a su propia misandria, y haciendo oídos sordos a la parte de violencia que también afecta a los hombres, ven en todo una conspiración misógina”. Según estadísticas del Sistema Nacional de Seguridad Pública de México, en los seis primeros meses de 2017, se denunciaron 16.631 delitos sexuales y concretamente 6444 violaciones, o sea, una media de 35 diarias (se denunciaron, vete tú a saber cuántas se cometieron) pero decidme, jóvenes feministas: ¿por qué sois misándricas? ¿No os dan pena, penita, pena los pobres hombres que, sin duda, también sufren mucho?

Añade Marta Lamas: “Encuentran violencia en todas las expresiones del comercio sexual y hasta viven los piropos y las insinuaciones sexuales como acoso. ¡Ay, el nuevo puritanismo!” Y vuelvo a interpelaros, jóvenes feministas: ¿Es que no os gusta el comercio sexual? ¿Es que preferís la sexualidad sin comercio, solo guiada por el mutuo deseo? ¿Sois tan puritanas que si un macho, después de evaluaros positivamente, se molesta en piropearos y en haceros insinuaciones sexuales, en vez de agradecérselo, os enfurecéis?

Y sigue la señora Lamas: “Veo con gran preocupación un avance de esas posiciones mujeristas, que visualizan a todas las mujeres como “víctimas” y a todos los hombres como potenciales victimarios. Esas creencias esencialistas del mujerismo, que no es sino otra forma de fundamentalismo, pervierten el anhelo libertario del feminismo.”

¿Veis, jóvenes feministas, lo que conseguís con vuestro mujerismo, vuestro victimismo, vuestro esencialismo, vuestro fundamentalismo? Conseguís preocupar a Marta Lamas que no podrá conciliar el sueño corroída por la angustia de constatar que pervertís el anhelo libertario del feminismo, anhelo que consiste, claro está, en sentirse libres para declararse sumisas.

Pero, ojo, Marta no está sola. Voces como la suya se han alzado por doquier. En Francia circula un escrito casi igual de divino. Otro día diré algo sobre él porque ahora quiero acabar comentando otras observaciones de Marta Lamas.

Resulta que México, según la OCDE, ocupa el primer lugar en embarazos de adolescentes. Comenta Marta Lamas: “Si en este país, ¡en pleno siglo XXI!, cada día se embarazan más adolescentes, incluso niñas de 9 y 10 años, ¿cómo es posible que no se haya podido llevar a cabo una indispensable y urgente educación sexual en las escuelas?”.

O sea, resumiendo: hay que educar a los hombres mexicanos (porque las adolescentes y las niñas no se embarazan solas ¿verdad?) para que si van a abusar de niñas de 9 y 10 años usen preservativo. Pero, analizando con mayor sutileza y en la línea de Marta, yo añado: ¿qué malas artes emplean las niñas y adolescentes mexicanas para conseguir ese porcentaje tan alto de embarazos? Porque, en otros muchos países, lamentablemente tampoco se imparte ninguna educación sexual y, sin embargo, están muy lejos de batir el record mexicano.

Ante los datos de violencia machista en general, de violencia sexual en particular y de embarazos adolescentes, yo entiendo perfectamente que las feministas mexicanas, jóvenes, viejas y de mediana edad, estén indignadísimas.

Sospecho, pues, que la preocupación de Marta Lamas y demás voceros del machismo van a seguir en aumento porque las feministas mexicanas no cejarán en su lucha. Y yo seguiré intentando imitarlas y ser como ellas, o sea, supermala.

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