Por Alejandro Guerrero
El thriller explora la Nueva York de fines del siglo XIX, dominada por la oligarquía financiera

Por Netflix, dirigida por Curtis Hanson sobre la novela de Caleb Carr; con Daniel Brühl, Luke Evans, Brian Geraghty, Robert Wisdom, Douglas Smith, Mathew Shear y Dakota Fanning.

“The Alienist” no es una serie agradable. Tampoco se propone serlo, incluso desde el color apagado, grisáceo, que el director (Curtis Hanson) decidió darle.

Es una serie llena de sordideces, miseria, poblada de hambrientos en esa Nueva York de 1896 que ya empezaba a ser lo que sería: el centro del mundo, la cúspide de la humanidad bajo el capitalismo, prostibularia, mafiosa, con niños que vagan por calles agobiantes, plomizas, y sobreviven de cualquier manera, como pueden.

No, no es una serie agradable.

Junto a los harapientos, esos a quienes Jack London llamó “los del pantano”, están los restaurantes de lujo con sofás en vez de sillas, donde se sirven manjares a los millonarios que llegan en sus carruajes por calzadas empedradas entre veredas con faroles de gas, encendidos a mano. Hombres con bombines y levitas y mujeres con encajes de seda con sirvientes negros, todavía casi esclavos, e inmigrantes de cien países. Esos millonarios son miembros de “los 400”, de lo que Lenin llamó “oligarquía financiera”, mientras los puertos de Brooklyn y Jersey ya han dejado atrás al de la vieja Filadelfia y Nueva York se prepara para que sus finanzas salten un 250 por ciento entre 1888 y 1905. Mientras tanto, el Central Park apenas ha sido inaugurado y está recién construido el puente de Brooklyn (llamativamente, los exteriores de la serie fueron filmados en Filadelfia y en Budapest, Hungría: allí se encontraron parajes urbanos parecidos a los de la Nueva York de finales del siglo XIX).

Allí transcurre esta historia de redes de trata, de prostitución infantil, de niños varones vestidos como niñas (los “chicos-chicas”, se los llama) para solaz de caballeros de “los 400”, de esa oligarquía financiera que se entretiene con pequeños prostitutos manejados por rufianes a quienes protege la policía. Un viejo jefe de esa policía, corrompido hasta los huesos y ya retirado, le dice a un capitán que sigue en actividad: “Para ellos (por los oligarcas) somos igual que la escoria de la que los protegemos; y nosotros, mientras tengan dinero, les obedecemos”. Obedecerles significa, entre otras cosas, proteger proxenetas, custodiar los prostíbulos donde funcionan las redes y, si hace falta, asesinar.

En ese ambiente aparecen un asesino serial que mata niños prostitutos, pobres e inmigrantes, y un comisionado de policía (interpretado por Brian Geraghty) se propone encontrarlo aunque eso implique molestar a algunos de “los 400”. Por eso el alcalde de la ciudad lo cita y le dice: “yo no olvido quién me puso en mi puesto, usted no olvide quién lo puso en el suyo”. En otras palabras: el gobernante de la ciudad sólo es un administrador, un empleado de los oligarcas, y la policía ha de obedecer a esos mandatos. Entretanto los proxenetas, cínicos y despiadados, dicen: “sólo tenemos un negocio”. Ellos también son, a su modo, servidores de “los 400”; por tanto, intocables. En algún momento, en contraste con toda esa mugre, se ve el telón de fondo de un movimiento obrero que despunta y la agitación del Partido Socialista.

En la búsqueda del criminal, la serie se interna en la historia de la locura con un médico especialista en patologías criminales y ciencias forenses (que interpreta Daniel Brühl) que apenas comienzan a ser. Si en la Edad Media los “locos” eran considerados simplemente insensatos a quienes no se debía escuchar ni prestar atención, cuando termina el siglo XIX se les llama “alienados”; es decir, seres que se han apartado, alienado, de su naturaleza humana. Los médicos que se ocupan de ellos son llamados “alienistas” (contra toda esa corriente se colocaba Sigmund Freud, quien en ese momento, con 40 años, también empezaba a ser lo que sería: una de las grandes figuras intelectuales del siglo XX). En ese marco, el personaje central de la serie, el “alienista”, anticipa lo que luego serían las Unidades de Análisis de Conducta y de Policía Científica. Junto a él trabaja un amigo suyo, ilustrador de un periódico (actuado por Luke Evans). Pero todo eso es casi una excusa para esta obra filmada 24 años después de que fuese escrita la novela en la que está basada –cuyo autor, Caleb Carr, elogió la puesta en escena del director Hanson.

La serie se torna agobiante, mordiente, atroz. Habla, después de todo, de un fenómeno antiguo. En la Argentina, por ejemplo, las primeras prostitutas llegaron con Pedro de Mendoza y en 1797 un barco con presas inglesas que navegaba hacia Australia recaló en Buenos Aires por un motín a bordo, y dejó a esas mujeres en manos de rufianes extranjeros que ya se habían instalado en estas latitudes. En 1896, cuando transcurre “The Alienist”, Buenos Aires era un centro de importación de mujeres traídas bajo engaño para ejercer la prostitución –legal desde 1875− siempre bajo protección policial y política. La descomposición capitalista mostraba desde muy temprano una de sus facetas más degradantes.

[ALERTA SPOILER]

Por último, aquel comisionado, junto con el “alienista”, logra su propósito, pero atribuye los méritos a los viejos policías corrompidos, de modo que tampoco él olvida, finalmente, quién lo puso en su puesto.

No, no es una serie agradable “The Alienist”; en cambio, es imprescindible.

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