El film de Guillermo Del Toro, ganador por Mejor Película y otros Oscar, entroncó bien con el clima opositor en el mundo del arte estadounidense.

“La película es sobre hoy”, dijo su director Guillermo Del Toro sobre La forma del agua, la ganadora reciente de los Oscar a mejor película y mejor director. Es una frase que los periodistas cinematográficos –como destacara un artículo sobre el film en The Guardian (30/11/17)– se han encontrado escribiendo mucho en 2017, ya sea con el éxito de Huye! (Get Out)  o de Tres anuncios por un crimen (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri). Incluso la aparentemente superflua e inofensiva como Paddington 2 ha impulsado a la opinión a hablar sobre el Brexit.

La forma del agua es varias cosas a la vez: un cuento de hadas moderno, un tributo al cine clásico como El monstruo de la laguna negra de 1954 (del cual el director reconoció estar fuertemente inspirado), hasta llegar a tomar la forma de thriller de espionaje por momentos. Pero sobre todo, es una expresión del cine en los tiempos de Trump.

El film protagonizado por Elisa (Sally Hawkins), una joven muda que es empleada de limpieza en un laboratorio de Baltimore en 1963, está situado en plena Guerra Fría y en el auge de la carrera armamentística y científica entre Estados Unidos y la Unión Soviética. El director y guionista (Del Toro co-escribió el film con Vanessa Taylor) vuelve una y otra vez sobre la cuestión de la discriminación en la sociedad estadounidense –un tema más que candente–, presentando entre sus víctimas tanto a Elisa como a sus principales amistades: su compañera de limpieza Zelda (Octavia Spencer), una mujer negra, y Giles (Richard Jenkins) su vecino, un artista recluido y rechazado por ser homosexual. Todos ellos verán sus vidas cambiar cuando llega al laboratorio un monstruo anfibio (Doug Jones) luego de ser capturado en Sudamérica. 

Del Toro dijo que eligió establecer su película en la época de la Guerra Fría en Estados Unidos, una época que a menudo es motivo de nostalgia, a pesar de estar plagada de racismo, misoginia y xenofobia, para poder hablarle al presente.”Estamos más allá de las palabras en este momento, estamos más allá de la verdad”, dijo del Toro sobre el estado actual de la discusión política. “Pero si te digo, ‘Había una vez en 1962, en un país no muy lejos, había una mujer…’ entonces la película es un cuento de hadas para tiempos difíciles. Y bajas la guardia y aceptas hablar conmigo sobre lo que nos hace humanos, lo que nos hace conectar, sin la guardia de la realidad, con la autenticidad de un cuento de hadas. Porque los cuentos de hadas no son realistas, pero son auténticos”.

Ya consagrado como director por filmes como El laberinto del fauno de 2006 -un cuento fantástico situado en la Guerra Civil Española, por el que recibió el Oscar y el León de Oro en Venecia–, Del Toro se mueve con talento en medio de la maquinaria industrial de Hollywood, impactada por el sacudón de la ola de denuncias de violencia de género, con los movimientos Time’s Up y Me Too como parte y catalizador de ese proceso. 

En buena medida, el éxito de La forma del agua y de su discurso de tolerancia se explica por su enganche con el actual (e inusual) clima anti-Trump en la Academia y el mundo del arte –un clima que los imperialistas del Partido Demócrata, el mismo que deportó a tres millones de inmigrantes durante el gobierno de Obama, vienen explotando demagógicamente.

Pero no puede dejar de saludarse la veta crítica, aunque moderada, que Del Toro dispara contra el establishment estadounidense –cuyos referentes aparecen como salvajes, crueles, opresores y estigmatizadores–, en un tiro por elevación contra el gobierno xenófobo y racista de Trump. 

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